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Jose Marti, Nuestra America

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Nuestra America by Jose Marti
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  • Added: April, 12th 2011
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Nuestra América
1
Nuestra América
José Martí

Nuestra América
1
Carta a Gonzalo de Quesada
Montecristi, 1 de abril de 1895
Gonzalo querido:
De mis libros no le he hablado. Consérvenlos; puesto que siempre necesi-
tará la oficina, y más ahora: a fin de venderlos para Cuba en una ocasión
propicia, salvo los de la Historia de América, o cosas de América -
geografía, letras, etc.- que Vd. dará a Carmita a guardar, por si salgo vivo,
o me echan, y vuelvo con ellos a ganar el pan. Todo lo demás lo vende en
una hora oportuna. Vd. sabrá cómo. Envíemele a Carmita los cuadros, y
ella irá a recoger todos los papeles. Vd. aún no tiene casa fija, y ella los
unirá a los que ya me guarda. Ni ordene los papeles, ni saque de ellos lit-
eratura; todo eso está muerto, y no hay aquí nada digno de publicación, en
prosa ni en verso: son meras notas. De lo impreso, caso de necesidad, con
la colección de La Opinión Nacional, la de La Nación, la del Partido Lib-
eral, la de la América hasta que cayó en Pérez y aun luego la del Econo-
mista, podría irse escogiendo el material de los seis volúmenes principales.
Y uno o dos de discursos y artículos cubanos. No desmigaje el pobre Lalla
Rookh que se quedó en su masa. Antonio Batres, de Guatemala, tiene un
drama mío, o borrador dramático, que en unos cinco días me hizo escribir
el gobierno sobre la independencia guatemalteca. La Edad de Oro, o algo
de ella sufriría la reimpresión. Tengo mucha obra perdida en periódicos sin
cuento; en México del 75 al 77 -en la Revista Venezolana, donde están los
arts. sobre Cecilio Acosta y Miguel Peña: -en diarios de Honduras, Uru-
guay y Chile- en no sé cuantos prólogos: -a saber. Si no vuelvo, y usted in-
siste en poner juntos mis papeles, hágame los tomos como pensábamos:

Nuestra América
2
I. Norteamericanos
II. Norteamericanos
III. Hispanoamericanos
IV. Escenas Norteamericanas
V. Libros sobre América
VI. Letras, Educación y Pintura
Y de versos podría hacer otro volumen: Ismaelillo, Versos Sencillos, y lo
más cuidado o significativo de unos Versos Libres, que tiene Carmita. No
me los mezcle a otras formas borrosas, y menos características.
De los retratos de personajes que cuelgan en mi oficina escoja dos Vd., y
otros dos Benjamín. Y a Estrada, Wendell Phillips.
Material hallará en las fuentes que le digo para otros volúmenes: el IV po-
dría doblarlo, y el VI.
Versos míos, no publique ninguno antes del Ismaelillo; ninguno vale un
ápice. Los de después, al fin, ya son unos y sinceros.
Mis Escenas, núcleos de dramas, que hubiera podido publicar o hacer rep-
resentar así, y son un buen número, andan tan revueltas, y en tal taqui-
grafía, en reversos de cartas y papelucos, que sería imposible sacarlas a luz.
Y si Vd. me hace, de puro hijo, toda esa labor, cuando yo ande muerto, y le
sobra de los costos, lo que será maravilla, ¿qué hará con el sobrante? La
mitad será para mi hijo Pepe, la otra mitad para Carmita y María.
Ahora pienso que del Lalla Rookh se podría hacer tal vez otro volumen.
Por lo menos, la Introducción podría ir en el volumen VI. Andará Vd. apu-
rado para no hacer más que un volumen del material del 6º. El Dorador pu-
diera ser uno de sus artículos, y otro Vereshagin y una reseña de los pin-
tores impresionistas, y el Cristo de Munckazy. Y el prólogo de Sellén, -y el
de Bonalde, aunque es tan violento-, y aquella prosa aún no había cuajado,
y estaba como vino al romper, -Vd. sólo elegirá por supuesto lo durable y
esencial.

Nuestra América
3
De lo que podría componerse una especie de Espíritu, como decían antes a
esta clase de libros, sería de las salidas más pintorescas y jugosas que Vd.
pudiera encontrar en mis artículos ocasionales. ¿Qué habré escrito sin san-
grar, ni pintado sin haberlo visto antes con mis ojos? Aquí han guardado
los En Casa en un cuaderno grueso: resultan vivos y útiles.
De nuestros hispanoamericanos recuerdo a San Martín, Bolívar, Páez,
Peña, Heredia, Cecilio Acosta, Juan Carlos Gómez, Antonio Bachiller.
De norteamericanos: Emerson, Beecher, Cooper, W. Phillips, Grant,
Sheridan, Whitman. Y como estudios menores, y más útiles tal vez, hallará,
en mis correspondencias, a Arthur, Hendricks, Hancock, Conkling, Alcott,
y muchos más.
De Garfield escribí la emoción del entierro, pero el hombre no se ve, ni lo
conocía yo, así que la celebrada descripción no es más que un párrafo de
gacetilla. Y mucho hallará de Longfellow y Lanier, de Edison y Blaine, de
poetas y políticos y artistas y generales menores. Entre en la selva y no car-
gue con rama que no tenga fruto.
De Cuba ¿qué no habré escrito?: y ni una página me parece digna de ella:
sólo lo que vamos a hacer me parece digno. Pero tampoco hallará palabra
sin idea pura y la misma ansiedad y deseo de bien. En un grupo puede po-
ner hombres: y en otro, aquellos discursos tanteadores y relativos de los
primeros años de edificación, que sólo valen si se les pega sobre la realidad
y se ve con qué sacrificio de la literatura se ajustaban a ella. Ya usted sabe
que servir es mi mejor manera de hablar. Esto es lista y entretenimiento de
la angustia que en estos momentos nos posee. ¿Fallaremos también en la
esperanza de hoy, ya con todo el cinto? Y para padecer menos, pienso
en usted y en lo que no pienso jamas, que es en mi papelería.
Y falló aquel día la esperanza -el 25 de marzo. Hoy 1 de abril, parece que
no fallará. Mi cariño a Gonzalo es grande, pero me sorprende que llegue,
como siento ahora que llega, hasta a moverme a que le escriba, contra mi
natural y mi costumbre, mis emociones personales. De ser mías sólo, las
escribiría; por el gusto de pagarle la ternura que le debo: pero en ellas
habrían de ir las ajenas, y de eso no soy dueño. Son de grandeza en algunos
momentos, y en los más, de indecible y prevista amargura. En la cruz
murió el hombre en un día: pero se ha de aprender a morir en la cruz todos

4
los días. Martí no se cansa, ni habla. ¿Conque ya le queda una guía para un
poco de mis papeles?
De la venta de mis libros, en cuanto sepa Vd. que Cuba no decide que
vuelva, o cuando –aún indeciso esto- el entusiasmo pudiera producir con la
venta un dinero necesario, Vd. la dispone, con Benjamín hermano, sin sal-
var más que los libros sobre nuestra América -de historia, letras o arte- que
me serán base de pan inmediato, si he de volver, o si caemos vivos. Y todo
el producto sea de Cuba, luego de pagada mi deuda a Carmita: $ 220.00.
Esos libros han sido mi vicio y mi lujo, esos pobres libros casuales, y de
trabajo. Jamás tuve los que deseé, ni me creí con derecho a comprar los que
no necesitaba para la faena. Podría hacer un curioso catálogo, y venderlo,
de anuncio y aumento de la venta. No quisiera levantar la mano del papel,
como si tuviera la de Vd. en las mías; pero acabo, de miedo de caer en la
tentación de poner en palabras cosas que no caben en ellas.
I. Nuestra América.
Guatemala, 11 de abril de 1877
Sr. D. Joaquín Macal
Ministro de Relaciones Exteriores
Mi respetable amigo:
Quería Vd. saber qué pensaba yo del Código nuevo, y ver algo de lo que le
dicen que yo he escrito. -¿Por qué me pide Vd. nada de lo pasado? La vida
debe ser diaria, movible, útil; y el primer deber de un hombre de estos días,
es ser un hombre de su tiempo. No aplicar teorías ajenas, sino descubrir las
propias. No estorbar a su país con abstracciones, sino inquirir la manera de

5
hacer prácticas las útiles. Si de algo serví antes de ahora, ya no me acuerdo:
lo que yo quiero es servir más. Mi oficio, cariñoso amigo mío, es cantar
todo lo bello, encender el entusiasmo por todo lo noble, admirar y hacer
admirar todo lo grande. Escribo cada día sobre lo que cada día veo. Llego a
Guatemala, y la encuentro robusta y próspera, mostrándome en sus manos,
orgullosa, el libro de sus Códigos; lo tomo, lo leo ansioso, me entusiasma
su sencillez y su osadía, y -encogido por los naturales temores de escribir
donde no se es conocido, pero deudor a Vd. de algunos renglones, -esos
que aquí le envío, y no han de ser ellos los últimos que sobre tan noble y
bien entendida materia escriba mi pluma apasionada, apasionada de la
grandeza y de mi deber; por eso, como ayer decía a Vd., nunca turbaré con
actos, ni palabras, ni escritos míos la paz del pueblo que me acoja. Vengo a
comunicar lo poco que sé, y a aprender mucho que no sé todavía. Vengo a
ahogar mi dolor por no estar luchando en los campos de mi patria, en los
consuelos de un trabajo honrado, y en las preparaciones para un combate
vigoroso.
No me anuncie Vd. a nadie como escritor, que tendré que decir que no lo
soy. Amo el periódico como misión, y, lo odio... no, que odiar no es bueno,
lo repelo como disturbio. Por sistema me tengo vedada la ingerencia en la
política activa de los países en que vivo. Hay una gran política universal, y
esa sí es la mía y la haré: la de las nuevas doctrinas.
Servidor de ellas, y agradecido de Vd., quedo su amigo obligado y S. S.
Q.B.S.M.
José Martí
Los Códigos Nuevos
Interrumpida por la conquista la obra natural y majestuosa de la civili-
zación americana, se creó con el advenimiento de los europeos un pueblo
extraño, no español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo; no
indígena, porque se ha sufrido la ingerencia de una civilización devasta-
dora, dos palabras que, siendo un antagonismo, constituyen un proceso; se
creó un pueblo mestizo en la forma, que con la reconquista de su libertad,

6
desenvuelve y restaura su alma propia. Es una verdad extraordinaria: el
gran espíritu universal tiene una faz particular en cada continente. Así
nosotros, con todo el raquitismo de un infante mal herido en la cuna, tene-
mos toda la fogosidad generosa, inquietud valiente y bravo vuelo de una
raza original fiera y artística.
Toda obra nuestra, de nuestra América robusta, tendrá, pues, inevitable-
mente el sello de la civilización conquistadora; pero la mejorará, adelantará
y asombrará con la energía y creador empuje de un pueblo en esencia dis-
tinto, superior en nobles ambiciones, y si herido, no muerto. ¡Ya revive!
¡Y se asombran de que hayamos hecho tan poco en 50 años, los que tan
hondamente perturbaron durante 300 nuestros elementos para hacer! Den-
nos al menos para resucitar todo el tiempo que nos dieron para morir. ¡Pero
no necesitamos tanto!
Aun en los pueblos en que dejó más abierta herida la garra autocrática; aun
en aquellos pueblos tan bien conquistados, que lo parecían todavía, después
de haber escrito con la sangre de sus mártires, que ya no lo eran, el espíritu
se desembaraza, el hábito noble de examen destruye el hábito servil de
creencia; la pregunta curiosa sigue al dogma, y el dogma que vive de auto-
ridad, muere de crítica.
La idea nueva se abre paso, y deja en el ara de la patria agradecida un libro
inmortal; hermoso, augusto: los Códigos patrios.
Se regían por distinciones nimias los más hondos afectos y los más grandes
intereses; se afligía a las inteligencias levantadas con clasificaciones mez-
quinas y vergonzosas; se gobernaban nuestros tiempos originales con leyes
de las edades caducadas, y se hacían abogados romanos para pueblos
americanos y europeos. Con lo cual, embarazado el hombre del derecho, o
huía de las estrecheces juristas que ahogaban su grandeza, o empequeñecía
o malograba ésta en el estudio de los casos de la ley.
Los nacimientos deben entre sí corresponderse, y los de nuevas nacionali-
dades requieren nuevas legislaciones. Ni la obra de los monarcas de cascos
redondos, ni la del amigo del astrólogo árabe, ni la buena voluntad de la
gran reina, mal servida por la impericia de Montalvo, ni la tendencia unifi-
cadora del rey sombrío y del rey esclavo, respondían a este afán de clari-

Nuestra América
7
dad, a este espíritu exigente de investigación, a esta pregunta permanente,
desdeñosa, burlona; inquieta, educada en los labios de los dudadores del
siglo XVII para brillar después, hiriente y avara, en los de todos los hijos
de este siglo. Esa es nuestra grandeza: la del examen. Como la Grecia
dueña del espíritu del arte, quedará nuestra época dueña del espíritu de in-
vestigación. Se continuará esta obra; pero no se excederá su empuje. Lle-
gará el tiempo de las afirmaciones incontestables; pero nosotros seremos
siempre los que enseñamos, con la manera de certificar, la de afirmar. No
dudes, hombre joven. No niegues, hombre terco. Estudia, y luego cree. Los
hombres ignorantes necesitaron la voz de la Ninfa y el credo de sus Dioses.
En esta edad ilustre cada hombre tiene su credo. Y, extinguida la monar-
quía, se va haciendo un universo de monarcas. Día lejano, pero cierto.
Los pueblos, que son agrupaciones de estos ánimos inquietos, expresan su
propio impulso, y le dan forma. Roto un estado social, se rompen sus leyes,
puesto que ellas constituyen el Estado. Expulsados unos gobernantes perni-
ciosos, se destruyen sus modos de gobierno. Mejor estudiados los afectos e
intereses humanos, necesitan el advenimiento de leyes posteriores, para las
modificaciones posteriormente advenidas: esta existencia que reemplazó a
la conquista: esta nueva sociedad política; estos clamores de las relaciones
individuales legisladas por tiempos en que las relaciones eran distintas; este
amor a la claridad y sencillez, que distingue a las almas excelsas, determi-
naron en Guatemala la formación de un nuevo Código Civil, que no podía
inventar un derecho, porque sobre todos existe el natural, ni aplicar éste
puro, porque había ya relaciones creadas.
Hija de su siglo, la Comisión ha escrito en él y para él. Ha cumplido con su
libro de leyes las condiciones de toda ley: la generalidad, la actualidad, la
concreción; que abarque mucho, que lo abarque todo, que defina breve; que
cierre el paso a las caprichosas volubilidades hermenéuticas.
Ha comparado con erudición, pero no ha obedecido con servilismo. Como
hay conceptos generales de Derecho, ha desentrañado sus gérmenes de las
leyes antiguas, ha respetado las naturales, ha olvidado las inútiles, ha des-
deñado las pueriles y ha creado las necesarias: alto m rito.
¿Cómo habían de responder a nuestros desasosiegos, a nuestro afán de lib-
eración moral, a nuestra edad escrutadora y culta, las cruelezas primitivas

8
del Fuero Juzgo, las elegancias de lenguaje de las Partidas, las deciones
confusas y autoritarias de las leyes de Toro?
¿Poder omnímodo del señor bestial sobre la esposa venerable? ¿Vincula-
ciones hoy, que ya no existen mayorazgos? ¿Rebuscamientos en esta época
de síntesis? ¿Dominio absoluto del padre en esta edad de crecimientos y
progresos? ¿Distinciones señoriales, hoy que se han extinguido ya los
señoríos? Tal pareciera un cráneo coronado con el casco de los godos; tal
una osamenta descarnada envuelta en el civil ropaje de esta época. Ya no se
sentarán más en los Tribunales los esqueletos.
La Comisión ha obrado libremente; sin ataduras con el pasado, sin obedi-
encia perniciosa a las seducciones del porvenir. No se ha anticipado a su
momento, sino que se ha colocado en él. No ha hecho un Código ejemplar,
porque no está en un país ejemplar. Ha hecho un Código de transformación
para un país que se está transformando. Ha adelantado todo lo necesario,
para que, siendo justo en la época presente, continúe siéndolo todo el
tiempo preciso para que llegue la nueva edad social. No hay en él una
palabra de retroceso, ni una sola de adelanto prematuro: con entusiasmo y
con respeto escribe el observador estas palabras.
A todo alcanza la obra reformadora del Código nuevo. Da la patria potestad
a la mujer, la capacita para atestiguar y, obligándola a la observancia de la
ley, completa su persona jurídica. ¿La que nos enseña la ley del cielo, no es
capaz de conocer la de la tierra? Niega su arbitraria fuerza a la costumbre,
fija la mayor edad en 21 años, reforma el Derecho español en su pueril
doctrina sobre ausentes, establece con prudente oportunidad, el matrimonio
civil sin lastimar el dogma católico; echa sobre la frente del padre, que la
merece, la mancha de ilegitimidad con que la ley de España aflige al hijo; y
con hermosa arrogancia desconoce la restitución in integrum obra enérgica
de un ánimo brioso, atrevimiento que agrada y que cautiva. Fija luego
claramente los modos de adquirir; examina la testamentifacción en los sol-
emnes tiempos hebreos cuya contemplación refresca y engrandece, los de
literatura potente y canosa, los de letras a modo de raíces. Ve el testamento
en Roma, corrompido por la invasión de sofistas; aquellos que sofocaron al
fin la voz de Plinio, y estudiando ora las Partidas, ora las colecciones poste-
riores, conserva lo justo, introduce lo urgente, y adecua con tacto a las ne-
cesidades actuales las ideas del Derecho Natural. Y eso requiere, y es, la
justicia; la acomodación del Derecho positivo al natural.

Nuestra América
9
Ama la claridad, y desconoce las memorias testamentales.
Ama la libertad, y desconoce el retracto.
Quiere la seguridad y establece la ley hipotecaria; base probable de futuros
establecimientos de crédito, que tengan por cimiento, como en Francia y la
España, la propiedad territorial.
Reforma la fianza, aprieta los contratos, gradúa a los acreedores.
Limita, cuando no destruye, todo privilegio. Tiende a librar la tenencia de
las cosas de enojosos gravámenes, y el curso de la propiedad de accidentes
difíciles. Sea todo libre, a la par que justo. Y en aquello que no pueda ser
cuanto amplio y justo debe, séalo lo más que la condición del país permita.
Es pues, el código preciso; sus autores atendieron menos a su propia gloria
de legisladores adelantados, que a la utilidad de su país. Prefirieron esta
utilidad patriótica a aquel renombre personal, y desdeñando una gloria, otra
mayor alcanzan: sólo la negará quien se la envidie.
En el espíritu, el Código es moderno; en la definición, claro; en las refor-
mas, sobrio; en el estilo, enérgico y airoso. Ejemplo de legistas pensadores,
y placer de hombres de letras, será siempre el erudito, entusiasta y literario
informe que explica la razón de esas mudanzas.
Ni ha sido solo el Código el acabamiento de una obra legal. Ha sido el
cumplimiento de una promesa que la revolución había hecho al pueblo: le
había prometido volverle su personalidad y se la devuelve. Ha sido una
muestra de respeto del Poder que rige al pueblo que admira. Bien ha dicho
el Sr. Montúfar: no quiere ser tirano el que da armas para dominar la ti-
ranía.
Ahora cada hombre sabe su derecho: sólo a su incuria debe culpar el que
sea engañado por las consecuencias de sus actos. El pueblo debe amar esos
códigos, porque le hablan lenguaje sencillo, porque lo libran de una ser-
vidumbre agobiadora: porque se desamortizan las leyes.
Antes, éstas huían de los que las buscaban, y se contrataba con temor,
como quien recelaba en cada argucia del derecho un lazo. Ahora el derecho
no es una red, sino una claridad. Ahora todos saben qué acciones tienen;
qué obligaciones contraen; qué recursos les competen.

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