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Las Leyes Espirituales

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Autor:Vicent Guillem. Es un libro para aquellos que están buscando un sentido a la vida y todavía no lo han encontrado. ¿De donde venimos? ¿Adonde vamos? ¿Quienes somos? Aquí encontraras muchas respuestas. Descarga gratuita en http://lasleyesespirituales.blogspot.com
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  • Added: July, 16th 2010
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  • Pages: 217
  • Tags: reencarnacion, evolucion, espiritualidad, amor, viajes astrales
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LAS LEYES
ESPIRITUALES





Vicent Guillem


1

























Titulo: Las Leyes Espirituales
Autor: Vicent Guillem
Correción del texto: Raquel Martínez Sanchis
Primera edición, 2008.
Segunda edición, 2009.
Tercera edición, 2010.
Nº de registro de la propiedad intelectual V-2095-08 (Valencia,
España).

Está permitida la reproducción total o parcial de esta obra por
todos los medios actualmente disponibles, con la condición de
que no se haga con fines lucrativos ni se modifique su contenido.

Página web oficial del libro:
http://lasleyesespirituales.blogspot.com
Correo electrónico: lasleyes.espirituales@gmail.com








ÍNDICE


PREFACIO





Pág. 3
INTRODUCCIÓN




Pág. 4
PRIMER CONTACTO




Pág. 9
DIOS






Pág. 20
LAS LEYES ESPIRITUALES






1ª Ley: Ley de la Evolución



Pág. 25

EL MUNDO ESPIRITUAL



Pág. 26
ESQUEMA EVOLUTIVO



Pág. 35
CONFIGURACIÓN DEL SER HUMANO
Pág. 42
LA REENCARNACIÓN HUMANA Y SU PAPEL
EN LA EVOLUCIÓN ESPIRITUAL Pág. 44
LA COMUNICACIÓN CON EL MUNDO ESPIRITUAL Pág. 50
EL PROCESO ENCARNATORIO

Pág. 59
VIDA EN OTROS MUNDOS

Pág. 65

2ª Ley: Ley del libre albedrío



Pág. 77
3ª Ley: Ley de la justicia espiritual
Pág. 83
4ª Ley: Ley del amor




Pág. 99

AMOR vs. EGOÍSMO


Pág. 101

LAS RELACIONES PERSONALES Y LA LEY DEL AMOR Pág. 156
LA ENFERMEDAD A LA LUZ DE LA LEY DEL AMOR Pág. 166

MISIÓN DE JESÚS EN LA TIERRA


Pág. 179
LA DESPEDIDA




Pág. 209

2

PREFACIO

El contenido de este libro es un mensaje de amor para toda la humanidad.

No importa cómo ha sido recibido ni de quién viene. Lo que importa es el
contenido del mensaje. Eres libre de hacer lo que quieras con él, desde
ignorarlo, criticarlo, censurarlo hasta aplicártelo a tu propia vida. Esto último es
lo que yo he hecho, aunque antes de ello haya podido pasar por alguna de
las etapas anteriores.

Por tanto, dejo a tu criterio el decidir si el personaje de Isaías, mi interlocutor y
protagonista de este libro es un recurso literario o existe de verdad, si el
diálogo entre él y yo que encontrarás expuesto en las siguientes páginas ha
existido o no en realidad y en qué condiciones se ha producido. En cualquier
caso, lo que sí es cierto es que es un mensaje escrito con el corazón para el
corazón, tu corazón.

Mi esperanza es que te sirva a ti tanto como a mí me ha servido. Te sirva para
conocerte a ti mismo, para despertar tus sentimientos, para liberarte de tu
parte egoísta, para comprender el motivo de tu vida, de las cosas que te han
ocurrido y te ocurren. Para que tengas esperanza, para que comprendas
mejor a los demás y llegues algún día a quererlos, para que entiendas el
mundo en el que vives, para que puedas sacar hasta de la mayor desgracia
el mayor provecho para tu evolución en el amor. En definitiva, para que seas
tú mismo, libre, consciente para experimentar el amor auténtico, el amor
incondicional y que seas, por tanto, más feliz.

Con todo mi amor, para ti.


3

INTRODUCCIÓN

Siempre me he hecho muchas preguntas, preguntas muy profundas.

Son preguntas de esas que se llaman existenciales. Siempre he querido saber
el motivo de mi vida, de la vida de todos nosotros. ¿Quién soy yo? ¿Por qué
existo? ¿Por qué existen los demás? ¿Qué hacemos aquí? ¿Hemos venido
hacer algo en particular? ¿Por qué nacemos, por qué nos morimos? ¿De
dónde venimos, adonde vamos? ¿Hay algo después de la muerte?

Y ahí no acababa todo. Otras veces intentaba buscar la respuesta al gran
número de injusticias que veo en el mundo.
¿Por qué la vida es tan injusta? ¿Por qué hay niños que desde su nacimiento,
que en su vida han hecho daño a nadie, sufren tan atrozmente, por hambre,
guerra, miseria, enfermedades, abusos, malos tratos, porque no los quiere
nadie, mientras otros nacen sanos, en un entorno feliz y son amados? ¿Y por
qué unas personas enferman y otras no? ¿Por qué unas personas viven mucho
tiempo y otras mueren casi al nacer? ¿Por qué existe el sufrimiento, la
maldad? ¿Por qué hay gente buena y gente mala, gente feliz y gente
desgraciada? ¿Por qué he nacido en esta familia y no en otra? ¿Por qué me
pasan estas desgracias a mí y no a otra persona? ¿Por qué le pasa tal otra
desgracia a otra persona y no a mí? ¿De qué depende todo eso?

Otras veces eran preguntas respecto a los sentimientos.
¿Por qué no soy feliz? ¿Por qué quiero ser feliz? ¿Cómo puedo ser feliz?
¿Encontraré un amor que me haga feliz? ¿Qué es el amor, qué son los
sentimientos? ¿Qué es lo que yo siento? ¿Merece la pena amar? ¿Sufrimos
más cuando amamos o cuando no amamos?

Supongo que tú, en algún momento de tu vida, también te las habrás hecho
o te las sigues haciendo de vez en cuando. Pero como estamos tan
entretenidos en nuestro día a día cotidiano, son pocos los momentos en los
que nos las planteamos conscientemente y poco el tiempo que dedicamos a
intentar resolverlas. Tenemos muchas obligaciones, tenemos muchas
distracciones. Y como aparentemente no encontramos la respuesta y el
buscarla nos hace sentirnos inquietos, preferimos dejarlas aparcadas en un
rincón en nuestro interior, tal vez creyendo que así sufriremos menos.

¿Existe una respuesta a cada una de estas preguntas? Pero no busco una
respuesta cualquiera, sino una respuesta que sea verdadera. ¿Existe una
verdad? ¿Cuál es la verdad? ¿Dónde buscar la verdad? ¿Cómo reconocer la
verdad?

Yo siempre he sido una persona escéptica, incrédula, pero al mismo tiempo
abierta a investigar. Me ha gustado comprobar las cosas por mí mismo. Te

4

aseguro que he buscado durante mucho tiempo la respuesta en lo que se nos
ha enseñado desde pequeños: las Religiones, la Filosofía, la Ciencia. Cada
una tenía su cosmogonía particular, una forma de entender el mundo. Pero
siempre parecía haber un límite, tanto en las religiones como en la ciencia,
para explicar la realidad tal y como yo la percibía. Siempre he encontrado
respuestas incompletas, incoherentes unas con otras, alejadas de la realidad,
que seguían sin responder satisfactoriamente a mis preguntas. Por mucho que
intentara profundizar, al final encontraba un muro infranqueable, la respuesta
final que obstaculizaba mis deseos de indagar más y más.

La respuesta final que obtenía de la religión era, más o menos, esta: “Es la
voluntad de Dios. Sólo él lo sabe. Nosotros no lo podemos comprender”. Es
decir, que no podemos comprender por qué unos nacen en circunstancias
más o menos favorables, por qué unos enferman y otros no, por qué unos
mueren antes y otros después. No podemos comprender qué es lo que pasa
después de la muerte, por qué te ha tocado vivir con esta familia y no en
otra, por qué en este mundo, por qué permite Dios que haya injusticias en el
mundo etc., etc.

La respuesta final que obtenía de la ciencia era más o menos esta: hay una
explicación física para todo, pero a nivel filosófico, las respuestas a casi todo
son: “Es fruto de la casualidad” o “no puede demostrarse científicamente que
tal o cual cosa exista o no”. Es decir, no hay una razón por la cual existes, no
hay un motivo particular por el que vivir. Si naces en las circunstancias en las
que naces, más o menos favorables, es por azar. Si te toca estar enfermo o
sano de nacimiento, nacer en una familia u otra, morirte antes o después, y
no a otro, es por azar. No se puede demostrar científicamente que exista la
vida antes del nacimiento, ni la vida después de la muerte. No se puede
demostrar científicamente que exista Dios, etc.

La mayoría de gente se posiciona en esas respuestas aprendidas y cuando
quieres hablar con alguien sobre estos temas, los que son creyentes de la
religión te responden más o menos en estos términos: “Es la voluntad de Dios.
Sólo él lo sabe. Nosotros no lo podemos comprender.” Y los que se han
posicionado como cientificistas o creyentes de la ciencia, que creen saber
más que los del primer grupo, te dicen: “Es fruto de la casualidad” o “no
puede demostrarse científicamente”.

Había otro tercer grupo de gente que me respondía: “Mira. No lo sé. No sé
cuales son las respuestas a tus preguntas, pero no estoy interesado ni en
pregúntarmelas ni en responderlas.”

Y cuando les respondo a todos: “Lo siento pero esas respuestas no me sirven.
No me sirven porque no responden a mis preguntas”, los primeros me dicen:
“Es por falta de fe. Cuando tengas fe no te hará falta saber más”. Los

5

segundos me dicen: “Es porque te falta instrucción. La Ciencia te dará la
respuesta y verás que es la que yo te digo: “que está demostrado
científicamente que no se puede demostrar científicamente”. Los terceros me
dicen: “Tengo una hipoteca que pagar, una familia que mantener, un coche
que pagar, un fin de semana para irme de viaje. No me calientes la cabeza
con esos temas porque ya tengo algo en lo que ocuparme.”

A los primeros les responderé que no puedo renunciar a intentar responder a
mis preguntas. Creo que la única manera de renunciar es anular mi voluntad,
y no estoy dispuesto a hacerlo. A los segundos les diré que no es por falta de
instrucción. He tenido esa instrucción. Soy Doctor en Ciencias Químicas y
jamás he l egado a la conclusión de que tenga que ponerme barreras a la
exploración, que haya campos que no pueda explorar, sólo porque no tenga
un aparato para medirlo. Me tengo a mí mismo, me gastaré de aparato de mí
mismo. Lo que yo perciba y sienta lo tendré tan en cuenta como si lo midiera
un sofisticado aparato, y asumiré que los demás también son aparatos de sí
mismos. Y si hay algo que no soy capaz de detectar con mi aparato, les
preguntaré a ellos qué han podido captar con sus aparatos vivientes, para
ver si me sirve. A los terceros no les diré nada, porque no están ahí para
escucharme.

Con todo esto no quiero decir que no haya encontrado cosas que me hayan
l amado la atención y que me hayan servido en mi búsqueda de respuestas,
pero ha sido más bien fuera de la oficialidad donde he encontrado las pistas.
Precisamente eran las vivencias de otras personas las que más me
interesaban. Eran cosas que te permitían explorar por ti mismo. Si otro lo había
podido hacer antes que yo, tal vez yo también lo pudiera hacer. Dos cosas
me l amaron especialmente la atención. Los viajes astrales y la vida de un tal
Jesús de Nazaret. Os suena este nombre ¿no? Ya no estoy hablando de lo
que la Iglesia dice de él. Me he documentado mucho, de muchas fuentes,
oficiales y no oficiales, religiosas y laicas. Pero hay dos cosas en las que casi
todas coinciden: que este hombre existió realmente y que lo que dijo e hizo
causó un gran impacto en la humanidad. ¿Qué es lo que me llamó la
atención? Pues su mensaje, “ama a tu enemigo, ama a cualquiera”. No me
diréis que en un mundo en el que las personas y los pueblos estaban en
constantes luchas entre sí por casi cualquier motivo (casi como ahora), donde
los dioses de todas las religiones se utilizaban para justificar cualquier propósito
de conquista y guerra, el que aparezca alguien con ese mensaje tan a
contracorriente de todos no resulta llamativo. No sólo eso sino que además lo
cumple con su ejemplo. O sea que no lo decía sólo “de boquilla”, como
estamos acostumbrados de nuestros políticos, que te prometen el oro y el
moro y luego hacen lo contrario de lo que dicen. Pero claro, ¡se ha escrito
tanto y tanto de él, después de él, por otra gente que no fue él, y que ni
siquiera convivió con él! ¿Cómo saber lo que pasó realmente? ¿Qué es lo que
dijo y lo que no dijo? Eso me intrigaba.

6


Dejo aparcado por ahora el tema de Jesús que, como veréis, surgirá de
nuevo más adelante, y hablaré ahora acerca de los viajes astrales. Lo
encontré en varios libros de varios autores. Estos afirmaban que uno mismo,
mediante ciertas técnicas de relajación puede conseguir separarse de su
cuerpo. Eso es un viaje astral. Separarte de tu cuerpo. Increíble ¿no? No sólo
me l amó la atención el hecho en sí de poder separarse del cuerpo. Los que
lo habían conseguido afirmaban además que en ese estado podían realizar
cosas asombrosas, como poder atravesar la materia o viajar casi
instantáneamente a donde el pensamiento quisiera. Y no sólo eso. Se
encontraban como en un estado expandido de conciencia en el que
comprendían claramente el propósito de la vida y de lo que hacemos en este
mundo. Esto último me interesaba, me interesa mucho. Tal vez era la clave
para encontrar las repuestas a mis preguntas. No tenía mucho que perder.
Pensé: “Lo peor que puede pasarme es que no ocurra nada.” Así que me
puse manos a la obra. Todas las noches, antes de irme a dormir practicaba el
ejercicio de relajación. Así lo hice durante un mes sin que ocurriera nada,
quiero decir sin que consiguiera separarme del cuerpo. Pero no es que no
sintiera nada con la relajación. Me gustaba. Lo que habitualmente sentía era
una vibración en la planta de los pies y luego esta vibración subía hasta las
piernas hasta el punto de que dejaba de notarlas.

Un día esa vibración fue subiendo hacia arriba, más allá de las piernas, al
tronco, el cuello, la cabeza. Llegado un momento, yo ya no sentía mi cuerpo.
Sólo una vibración muy intensa y agradable. Y entonces ocurrió. ¡Plof! De
repente sentí como si me proyectara rápidamente por un túnel a gran
velocidad. Era una sensación increíble. No tengo palabras para describirla. En
cuestión de segundos sentí como si hubiera viajado miles de millones de
kilómetros a una velocidad vertiginosa, pero sin sentir ningún tipo de mareo ni
malestar. Poco a poco mi velocidad fue disminuyendo y pude ver dónde me
encontraba. Era un lugar increíble, parecía como sacado de un cuento de
hadas. Había un lago rodeado de una naturaleza bellísima, la cual no tengo
palabras para describir. Todo, la luz, los colores, lo aromas, los sonidos, todo,
absolutamente todo, era embriagador. Y yo lo sentía tan intensamente como
si formara parte de ello. Se respiraba una paz indescriptible. Yo estaba tan
alucinado de todo lo que estaba viviendo y sintiendo que no podía pararme
a pensar. Entonces es cuando sentí que no estaba solo. Había alguien
sentado en una piedra, cerca del agua. Me quise acercar a él y, no sé cómo,
l egué enseguida donde él se encontraba. Parecía que, en aquel estado, con
sólo querer y pensar las cosas, ocurrían. Sentí que él me estaba esperando y
no se sorprendió en absoluto de verme. Era un señor mayor, con el pelo y la
barba largos y totalmente blancos, pero no parecía tener ninguno de los
achaques de la edad que estamos acostumbrados a ver en los ancianos.
Llevaba una especie de túnica blanca acordada en la cintura. Pero eso no
era lo que más l amaba la atención de él. Lo que llamaba la atención era su

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mirada, una mirada tan maravil osa que creo jamás veré en este mundo. Tan
dulce, tan penetrante, tan limpia, que me transmitía una sensación de
tranquilidad y paz indescriptibles. Os puede parecer raro pero me sentía
como si aquel anciano desconocido me traspasara de amor con su mirada
hasta el punto que ya ni se me ocurría pensar en lo extraño de aquella
situación de tan a gusto que me encontraba.

A partir de ahora intentaré reproducir el dialogo que tuvimos, tanto el de
aquella primera vez, como el de los sucesivos encuentros que tuve con aquel
anciano maravil oso, que respondía al nombre de Isaías. Aquellos diálogos
que tanto me han aportado, que me han cambiado tanto la vida, tan
profundamente y para mejor, mucho mejor y que quiero compartir con
vosotros con el mínimo de interrupciones posibles, porque prefiero que sea de
sus propias palabras, no de mis interpretaciones ni impresiones, que vosotros
saquéis vuestras propias conclusiones.

Acomodaos tranquilamente, comienza la función.


8

PRIMER CONTACTO

Fue él el que se dirigió a mí primero. Me tomó las manos y me invitó a
sentarme con él, frente a frente:

Bienvenido. Te estaba esperando

¿A mí? ¡Si no te conozco!
Yo a ti sí. Pero eso no importa ahora.

Eh, estoy... ¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado hasta aquí?
Eso tampoco importa ahora. Lo sabrás más adelante.

¿Y tú quién eres?
Llámame Isaías. Y aunque tú no me recuerdes ahora, nos conocemos, desde
hace mucho, mucho tiempo.

¿Y qué relación hemos tenido tú y yo?
Considérame tu hermano mayor.

No recuerdo haberte conocido nunca.
Eso no importa ahora. Aprovecha el tiempo para preguntar cosas
importantes. ¿No tenías preguntas?

¿Preguntas? ¿Qué preguntas?
¿Ahora no te acuerdas? Esas preguntas profundas que tienes desde hace
mucho tiempo y para las cuales no has encontrado respuesta.

¿Y tú cómo sabes eso?
Ya he dicho que te conozco. Conozco muy bien tu interior, así que pregunta
sin temor, aquí eres totalmente libre.

Me siento desconcertado. ¡Este lugar es tan maravilloso! ¡Me siento tan bien
aquí! ¡Es tan diferente del mundo normal! Me siento en paz, tan lleno de... ¡No
sé cómo expresarlo!
¡Tan lleno de amor...!

Es que, no sé... Porque nunca me había sentido así en mi vida. Pero es
maravilloso.
Es normal. Es tu primera vez, tu primer viaje consciente aquí, en esta vida. Pero
por favor, aprovechemos el tiempo. Saca a la luz tus preguntas más
profundas.



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