Poder Por La Oración Por E. M. Bounds
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Índice
1. El hombre, instrumento del Espíritu
2. La letra mata, mas el Espíritu vivifica
3. Sermones que matan
4. La oración determina la predicación
5. La primacía de la oración
6. El ministerio fructífero
7. El secreto de la vida de oración
8. Valor para orar
9. El primer deber
10. La oración, creadora de devoción
11. Una vida de oración
12. El alma de la predicación
13. La unción y la predicación
14. La unción y la oración
15. Orad sin cesar
16. La dinámica espiritual
17. Perseverancia en la oración
18. Hombres de oración
El descanso para el ministro debe ser como la maquina de afilar para la hoz: que se usa solamente
cuando es necesario para el trabajo. ¿Puede un médico durante una epidemia descansar más de lo
indispensable para su salud mientras los pacientes están esperando su ayuda en casos de vida o muerte?
¿Puede el cristiano contemplar a los pecadores en las agonías de la muerte, y decir: "Dios no me pide
que me afane por salvarlos?" ¿Es esta la luz de la compasión ministerial y cristiana o más bien hablan la
pereza sensual o la crueldad diabólica? Richard Baxter
1. El hombre, instrumento del Espíritu Busca la santidad en todos los detalles de tu vida. Toda tu eficiencia depende de esto, porque tu sermón
dura solamente una o dos horas pero tu vida predica toda la semana. Si Satanás logra hacerte un
ministro codicioso, amante de las adulaciones, del placer, de la buena mesa, habrá echado a perder tu
ministerio. Entrégate a la oración para que tus textos, tus oraciones y tus palabras vengan de Dios.
Lutero pasaba en oración las mejores tres horas del día. Robert Murray McCcheyne
Constantemente nuestra ansiedad llega a la tensión, para delinear nuevos métodos,
nuevos planes, nuevas organizaciones para el avance de la iglesia y para la propagación
eficaz del evangelio. Esta tendencia nos hace perder de vista al hombre, diluyéndolo
en el plan u organización. El designio de Dios, en cambio, consiste en usar al hombre,
obtener de él más que de ninguna otra cosa. El método de Dios se concreta en los
hombres. La iglesia busca mejores sistemas; Dios busca mejores hombres. "Hubo un
hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan". La dispensación que anunció y
preparó el camino para Cristo estaba ligada al hombre Juan. "Niño nos es nacido, hijo
nos es dado." La salvación del mundo proviene de este hijo del pesebre. Cuando
Pablo recomienda el carácter personal de los hombres que arraigaron el evangelio en
el mundo nos da la solución del misterio de su triunfo. La gloria y eficiencia del
evangelio se apoyan en los hombres que lo proclaman. Dios proclama la necesidad de
hombres para usarlos como el medio para ejercitar su poder sobre el mundo, con
estas palabras: "Los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a
favor de los que tienen corazón perfecto para con él".
Esta verdad urgente y vital es vista con descuido por la gente de nuestra época, lo que
es tan funesto para la obra de Dios como sería arrancar el sol de su esfera, pues
produciría oscuridad, confusión y muerte. Lo que la iglesia necesita hoy día, no es
maquinaria más abundante o perfeccionada, ni nuevas organizaciones ni métodos más
modernos, sino hombres que puedan ser usados por el Espíritu Santo: hombres de
oración, poderosos en la oración. El espíritu Santo no pasa a través de métodos sino
de hombres. No desciende sobre la maquinaria, sino sobre los hombres. No unge a
los planes sino a los hombres: los hombres de oración.
Un historiador eminente ha dicho que los accidentes del carácter personal tienen una
parte más importante en las revoluciones de las naciones que la admitida por ciertos
historiadores filosóficos o políticos. Esta verdad tiene una aplicación plena en lo que se
refiere al evangelio de Cristo, porque el carácter y la conducta de sus fieles seguidores,
cristianizan al mundo y transfiguran a las naciones y a los individuos.
El buen nombre y el éxito del evangelio están confiados al predicador, pues o entrega
el verdadero mensaje divino, o la leche a perder. Él es el conducto de oro para el
aceite divino. El tubo no sólo debe ser de oro, además tiene que estar limpio para que
nada obstruya el libre paso de aceite, y sin agujeros para que nada se pierda.
El hombre hace al predicador, Dios tiene que hacer al hombre. El mensajero, si se
nos permite la expresión, es más que el mensaje. El predicador es más que el sermón.
Como la leche del seno de la madre no es sino la vida de la madre, así todo lo que el
predicador dice está saturado por lo que él es. El tesoro está en vasos de barro y el
sabor de la vasija impregna el contenido y puede hacerlo desmerecer.
El hombre --el hombre entero-- está detrás del sermón. Se necesitan veinte años para
hacer un sermón, porque se requieren veinte años para hacer un hombre. El
verdadero sermón tiene vida. Crece juntamente con el hombre. El sermón es
poderoso cuando el hombre es poderoso. El sermón es santo cuando el hombre es
santo.
Pablo solía decir "Mi Evangelio", no porque lo había degradado con excentricidades
personales o desviadas con fines egoístas, sino porque el evangelio estaba en el
corazón y en la sangre del hombre Pablo como un depósito personal para ser dado a
conocer con sus rasgos peculiares, para que impartiera al mismo el fuego y el poder de
su alma indómita. ¿Qué se ha hecho de los sermones de Pablo? ¿Dónde están? ¡Son
esqueletos, fragmentos esparcidos, flotando en el mar de la inspiración! Pero el
hombre Pablo, más grande que sus sermones, vive para siempre, con la plenitud de su
figura, facciones y estatura, con su mano modeladora puesta sobre la iglesia. La
predicación no es más que una voz. La voz muere en el silencio, el texto es olvidado,
el sermón desaparece de la memoria; el predicador vive.
El sermón con su poder vivificador no puede elevarse sobre el hombre. Los hombres
muertos producen sermones muertos que matan. Todo el éxito depende del carácter
espiritual del predicador. Bajo la dispensación judía el sumo sacerdote inscribía con
piedras preciosas sobre el frontal de oro las palabras: "Santidad a Jehová". De una
manera semejante todo predicador en el ministerio de Cristo debe ser modelado y
dominado por el mismo lema santo. Es una vergüenza para el ministerio cristiano
tener un nivel más bajo en santidad de carácter y de aspiración que el sacerdocio judío.
Jonathan Edwards decía:
"Perseveré en mi propósito firme de adquirir más santidad y vivir más de acuerdo con
las enseñanzas de Cristo. El cielo que yo deseaba era un cielo de santidad". El
evangelio de Cristo no progresa por movimientos populares. No tiene poder propio
de propaganda. Avanza cuando marchan los hombres que lo llevan. El predicador
debe personificar el evangelio, incorporarse sus características más divinas. El poder
compulsor del amor ha de ser en el predicador una fuerza ilimitada y dominadora; la
abnegación, parte integrante de su vida. Ha de conducirse como un hombre entre los
hombres, vestido de humildad y mansedumbre, sabio como serpiente, sencillo como
paloma; con las cadenas de un siervo, pero con el espíritu de un rey; su porte
independiente y majestuoso, como un monarca, a la vez que delicado y sencillo como
un niño. El predicador ha de entregarse a su obra de salvar a los hombres, con todo el
abandono de una fe perfecta y de un celo consumidor. Los hombres que tienen a su
cargo formar una generación piadosa, han de ser mártires valientes, heroicos y
compasivos. Si son tímidos, contemporizadores, ambiciosos de una buena posición, si
adulan o temen a los hombres, si su fe en Dios y su Palabra es débil, si su espíritu de
sacrificio se quebranta ante cualquier brillo egoísta o mundano, no podrán conducir ni
a la iglesia ni al mundo hacia Dios.
La predicación más enérgica y más dura del ministro ha de ser para sí mismo. Esta
será su tarea más difícil, delicada y completa. La preparación de los doce fue la obra
grande, laboriosa y duradera de Cristo.
Los predicadores no son tanto creadores de sermones como forjadores de hombres y
de santos, y el único bien preparado para esta obra será aquel que haya hecho de sí
mismo un hombre y un santo. Dios demanda no grandes talentos, ni grandes
conocimientos, ni grandes predicadores, sino hombres grandes en santidad, en fe, en
amor, en fidelidad, grandes para con Dios. Hombres que prediquen siempre por
medio de sermones santos en el púlpito y por medio de vidas santas fuera de él. Estos
son los que pueden modelar una generación que sirva a Dios.
De este tipo fueron los cristianos de la iglesia primitiva. Hombres de carácter sólido,
predicadores de Poder Por La Oración molde celestial, heroicos, firmes, esforzados,
santos. Para ellos la predicación significaba abnegación, penalidades, crucifixión del
yo, martirio. Se entregaron a su tarea de una manera que dejó huellas profundas en su
generación y prepararon un linaje para Dios. El hombre que predica tiene que ser el
hombre que ora. El arma más poderosa del predicador es la oración, fuerza
incontrastable en sí misma, que da vida y energía a todo lo demás.
El verdadero sermón se forma en la oración secreta. El hombre --el hombre de Dios--
se forma sobre las rodillas. La vida del hombre de Dios, sus convicciones profundas,
tiene su origen en la comunión secreta con el Altísimo. Sus mensajes más poderosos y
más tiernos, los adquiere a solas con Dios. La oración hace al hombre, al predicador,
al pastor, al obrero cristiano y al creyente consagrado.
El púlpito de nuestros días es pobre en oración. El orgullo del saber se opone a la
humildad que requiere la plegaria. A menudo la presencia de la oración en el púlpito
es sólo oficial: un número del programa dentro de la rutina del culto. La oración en el
púlpito moderno está muy lejos de ser lo que fue en la vida y en el ministerio de
Pablo. El predicador que no hace de la oración un factor poderoso en su vida y
ministerio, es un punto débil en la obra de Dios y es incompetente para promover la
causa del evangelio en este mundo.
2. La letra mata, mas el Espíritu vivifica "...Pero, sobre todo se distinguió en la oración. La interioridad y gravedad de su espíritu, la reverencia y
solemnidad de su discurso y de su actitud, la parquedad y plenitud de sus palabras, han movido a menudo
la admiración aún de los extraños, como al mismo tiempo aportaban la consolación para otros. Debo
decir que nunca he sentido ni contemplado algo más importante, vivo y respetuoso que sus oraciones. Y
de veras fueron un testimonio del poder de Dios. Vivía más cerca del Señor que otros hombres, y lo
conocía mejor pues los que lo conocen mejor, encontrarán más razones para acercarse a él con
reverencia y temor". William Penn, hablando de George Fox
Los privilegios más preciosos pueden producir los frutos más amargos por una ligera
perversión. El sol da vida, pero la insolación da muerte. El objeto de la predicación es
dar vida, pero a veces mata. El predicador tiene las llaves del corazón y con ellas lo
abre o lo cierra. Dios ha instituido la predicación para que la vida espiritual germine y
madure. Cuando se aplica debidamente, sus beneficios son inmensos; en caso
contrario, sus resultados perjudiciales no tienen comparación. Es fácil destruir el
rebaño, cuando el pastor está descuidado o los pastos se han acabado; es fácil tomar la
fortaleza si los centinelas se han dormido o el alimento y el agua se hallan
envenenados. Estando investida de tan espléndidas prerrogativas y expuesta a tan
grandes males, encerrando tan graves responsabilidades, sería una parodia de la
malignidad del demonio y un libelo de su carácter y reputación, si él no usara sus
hábiles influencias para adulterar al predicador y a su mensaje. En presencia de todo,
cabe la pregunta de Pablo:
"¿Y para estas cosas quién es suficiente?"
El mismo Pablo contesta: "...Nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo
nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu;
porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.". El verdadero ministro está influenciado,
capacitado y formado por Dios. El Espíritu de Dios unge al predicador con poder, el
fruto del espíritu está en su corazón, el Espíritu de Dios vitaliza al hombre y a la
Palabra; su predicación da vida, como la fuente da vida, como la resurrección da vida;
vida ardiente como la que produce el verano, vida llena de frutos como el otoño. El
predicador que da vida es un hombre de Dios, cuyo corazón tiene sed continua de
Dios, cuya alma suspira constantemente por Dios, cuyo ojo es sencillo para con Dios,
y quien, por el poder del Espíritu Santo ha crucificado la carne y el mundo, y su
ministerio es como la corriente generosa de un río vivificante.
La predicación que mata es la predicación carente de espiritualidad. La habilidad del
predicador en este caso no proviene de Dios. Otras fuentes no divinas le han dado su
energía y estímulo. El Espíritu no se revela ni en el predicador ni en su predicación. El
mensaje que mata pone en juego muchas fuerzas, pero no son fuerzas espirituales.
Pueden parecer como tales, pero no son más que una sombra, un engaño; parece que
tienen vida, pero es una vida magnetizada. La predicación que mata sólo se
preocupapor la letra; está bien ordenada y presentada, pero no es más que la letra
seca, hueca, vacía. Aunque la letra tenga el germen de la vida, le falta para brotar el
aliento de la primavera; es como las semillas del invierno, dura como el suelo, helada
como el aire invernal, sin deshielo ni germinación. La predicación de la letra tiene la
verdad.
Pero aun la verdad divina no tiene energía por sí sola para dar vida; necesita ser
reforzada por el Espíritu, quien se apoya en toda la omnipotencia de Dios. La verdad
que no está vivificado por el Espíritu de Dios mata tanto el error o aún más. Aunque
sea la verdad pura, si carece del Espíritu, su contacto es mortal, su verdad error, su luz
tinieblas. La predicación de la letra no tiene unción del Espíritu, su contacto es mortal,
su verdad error, su luz tinieblas. La predicación de la letra no tiene unción del
Espíritu, no está madurada por él.
A veces lleva lágrimas, pero las lágrimas no mueven la maquinaria de Dios; pueden ser
como la brisa del verano sobre una montaña de hielo, que sólo causa un ligero
reblandecimiento en la superficie. Puede ser que haya sentimiento y entusiasmo, pero
no es más que la emoción del actor, el acaloramiento del abogado. El predicador se
siente encendido por sus propias chispas, elocuente en la presentación de su propia
exégesis y con afán de presentar lo que produce su propio cerebro; es el profesor
usurpando el lugar y el fuego del apóstol; la inteligencia y los nervios simulando la obra
del Espíritu de Dios y de esta manera la letra brilla y flamea como un letrero
iluminado simulando la obra del Espíritu de Dios y de esta manera la letra brilla y
flamea como un letrero iluminado, pero a pesar del resplandor hay tan poca vida
como la de un campo sembrado de perlas. El elemento mortífero se esconde detrás
las palabras, del sermón, de la ocasión, de los ademanes y de la acción.
El gran obstáculo está en el predicador mismo. Le falta el poder vivificante. Quizá no
haya nada que decir de su ortodoxia, de su honradez, de su pureza, de su sinceridad;
pero, por alguno que otro motivo, el hombre, el hombre interior, en lo más íntimo de
su corazón, no se ha quebrantado ni se ha rendido a Dios y, por lo tanto, su vida
interior no es un camino real por donde puedan pasar el mensaje y el poder de Dios.
En el lugar santísimo de su alma domina el yo y no Dios. En algún punto, inconsciente
para el predicador, ha sido tocado su ser interior y ha sido cortada la corriente divina.
En su ser íntimo no ha sentido la bancarrota espiritual, su completa ineficacia; nunca
ha sabido clamar con voces inefables de desesperación y desamparo hasta conseguir
que el fuego y el poder de Dios entren en él y lo llenen, purifiquen y fortalezcan. La
vanidad, la confianza propia en alguna forma perniciosa, han profanado el templo que
debería estar consagrado a Dios. La predicación que da vida demanda mucho del
predicador –la muerte del yo, la crucifixión del mundo, el sufrimiento del alma–. Sólo
la predicación crucificada puede dar vida. Esta predicación sólo puede venir de un
hombre crucificado.
3. Sermones que Matan Durante mi enfermedad me puse a examinar mi vida en relación con la eternidad, de una manera más
penetrante de lo que había hecho cuando disfrutaba de completa salud. Mi conciencia me aprobó al
revisar lo relativo al cumplimiento de mis deberes hacia el prójimo en mi carácter de hombre, de ministro
cristiano y de oficial de la iglesia; pero el resultado fue diferente tratándose de mi actitud hacia mi
Redentor y Salvador. Mi gratitud y obediencia no habían estado en proporción con lo que había recibido
de él, redimiéndome, preservándome y sosteniéndome a través de las vicisitudes de la vida, desde la
infancia hasta la vejez. La comprensión de la frialdad de mi amor para quien me amó primero e hizo
tanto por mí, me anonadó y me confundió; y para completar la indignidad de mi carácter, no sólo había
descuidado el desarrollo de la gracia que me fue dada hasta donde llegara mi deber y privilegio, sino que
por haber permanecido estacionario, perplejo con otras ideas y trabajos, se habían debilitado en celo y el
amor que tenía en un principio. Me sentí abatido, me humillé, imploré misericordia y renové mi pacto de
poner todo empeño en dedicarme sin reservas al Señor. Reverendo McKendree
La predicación que mata puede ser ortodoxa y a veces los es –dogmática e
inviolablemente ortodoxa. Nos gusta la ortodoxia. Es buena. Es lo mejor. Es la
enseñanza clara y pura de la Palabra de Dios, representa los trofeos ganados por la
verdad es sus conflictos con el error, los diques que la fe ha levantado contra las
inundaciones desoladoras de los que con sinceridad o cinismo no creen o creen
equivocadamente; pero la ortodoxia, transparente y dura como el cristal, suspicaz y
militante, puede convertirse en mera letra bien formada, bien expresada, bien
aprendida, o sea, la letra que mata. Nada es tan carente de vida como una ortodoxia
marchita, imposibilitada para especular, para pensar, para estudiar o para orar.
No es raro que la predicación que mata conozca y domine los principios, posea
erudición y buen gusto, esté familiarizada con la etimología y la gramática de la letra y
la adorne e ilustre como si se tratara de explicar a Platón y Cicerón, o como el
abogado que estudia sus códigos para formar sus alegatos o defender su causa y, sin
embargo, ser tan destructora como una helada, una helada que mata. La predicación
de la letra puede tener toda la elocuencia, estar esmaltada de poesía y retórica,
sazonada con oración, condimentada con lo sensacional, iluminada por el genio, pero
todo esto no puede ser más que una costosa y pesada montadura o las raras y bellas
flores que cubren el cadáver. O, por el contrario, la predicación que mata muchas
veces se presenta sin erudición, sin el toque de un pensamiento o sentimiento vivo,
revestida de generalidades insípidas o de especialidades vanas, con estilo irregular,
desaliñado, sin reflejar ni el más leve estudio ni comunión, sin estar hermoseada por el
pensamiento, la expresión o la oración. ¡Qué grande y absoluta es la desolación que
produce esta clase de predicación y qué profunda la muerte espiritual que trae
aparejada!
Esta predicación de la letra se ocupa de la superficie y apariencia, y no del corazón de
las cosas. No penetra las verdades profundas. No se ha compenetrado de la vida oculta
de la Palabra de Dios. Es sincera en lo exterior, pero el exterior es la corteza que hay
que romper para recoger la sustancia. La letra puede presentarse vestida en tal forma
que atraiga y agrade, pero la atracción no conduce hacia Dios. El fracaso está en el
predicador. Nunca se ha puesto en las manos de Dios como la arcilla en las manos del
alfarero. Se ha ocupado del sermón en cuanto a las ideas y su pulimento, los toques
para persuadir e impresionar; pero nunca ha buscado, estudiado, sondeado,
experimentado las profundidades de Dios. No sabe lo que significa estar frente al
"trono alto y sublime", no ha oído el canto de los serafines, no ha contemplado la
visión ni ha sido sacudido por la presencia de una santidad tan imponente que le haga
sentir el peso de su debilidad, y maldad después de clamar con desesperación por ver
su vida renovada, su corazón tocado, purificado, inflamado por el carbón vivo del altar
de Dios. Es posible que su ministerio despierte simpatías para él, para la iglesia, para el
formulismo y las ceremonias; pero no logra acercar a los hombres a Dios, no
promueve una comunión dulce, santa y divina. La iglesia ha sido retocada, no
edificada; complacida, no santificada. Se ha extinguido la vida; un viento helado sopla
en el verano; el suelo está endurecido. La ciudad de Dios se convierte en una
necrópolis; la iglesia en un cementerio, no en un ejército listo para la batalla. No hay
alabanzas, ni plegarias, ni culto a Dios. El predicador y la predicación han prestado
ayuda al pecado y no a la santidad; en vez de poblar el cielo han poblado el infierno.
La predicación que mata es la predicación sin oración. Sin la oración el predicador
crea la muerte y no la vida. El predicador que es débil en la oración es débil también
para impartir el poder vivificador. El predicador que ha dejado de considerar la
oración como un elemento importante y decisivo en su propio carácter, ha privado a
su predicación del poder de dar vida. No falta la oración profesional, pero está
apresurada la obra mortal de la predicación. La oración profesional enfría y mata al
mismo tiempo la predicación y la plegaria. Gran parte de la falta de devoción y
reverencia que muestran las congregaciones cuando se ora, puede atribuirse a la
oración profesional en el púlpito. Las oraciones en muchos púlpitos son largas,
argumentadoras, secas, vacías. Sin unción y sin espíritu caen como una helada sobre
todo el servicio. Son oraciones que matan. Bajo su aliento desaparece todo vestigio de
devoción. Cuanto más muertas son, tanto más largas se hacen. Lo que necesitamos
son oraciones cortas, vivas, que salgan del corazón, inspiradas por el Espíritu Santo,
directas, específicas, ardientes, sencillas, y reverentes. Una escuela para enseñar a los
predicadores a orar como a Dios agrada, sería de más provecho para la verdadera
piedad, para el culto y para la predicación que todas las escuelas teológicas.
Detengámonos un momento. Consideremos. ¿Dónde estamos? ¿Qué es lo que
hacemos? ¿Predicamos y oramos de tal manera que damos muerte? Oremos a Dios,
al gran Dios hacedor de todos los mundos, al Juez de todos los hombres. ¡Qué
reverencia! ¡Qué simplicidad! ¡Qué sinceridad! ¡Cuánta verdad se demanda en lo
íntimo del corazón! ¡Cuán sinceros y entusiastas debemos ser! La oración a Dios es la
ocupación más noble, el esfuerzo más elevado, el objeto más real. ¿No descartaremos
para siempre la predicación y la oración que matan, sustituyéndolas por las que dan
vida y poder, por las que abren a la necesidad y miseria del hombre los tesoros
inextinguibles de Dios?
4. La Oración Determina la Predicación Recordemos a Brainerd que derramaba su alma ante Dios, en medio de los bosques de América pidiendo
por los gentiles que perecían, sin cuya salvación nada podía hacerle feliz. La oración de fe, secreta y
ferviente, es la raíz de la piedad personal. Un conocimiento suficiente del idioma donde el misionero vive,
un carácter suave y agradable, un corazón entregado a Dios en íntima comunión, son cualidades cuya
adquisición, más que el saber u otras habilidades, nos capacitarán para ser instrumentos en las manos de
Dios, en la gran obra de la redención humana. Hermandad de Carey, Serampore (India)
Hay dos tendencias extremas en el ministerio. Una consiste en apartarse de los
hombres. El ermitaño y el monje se alejan de sus semejantes para consagrarse a Dios.
Por supuesto que han fracasado.
Nuestra comunión con Dios solamente es de provecho si derramamos sus bienes
inapreciables sobre los hombres. En esta época ni el predicador ni el pueblo se
concentran mucho en Dios. Nuestras inclinaciones no se enderezan en esa dirección.
Nos encerramos en nuestros gabinetes, nos hacemos eruditos, ratones de biblioteca,
fabricantes de sermones, nos encubramos como literatos y pensadores; pero el pueblo
y Dios, ¿dónde queda? Fuera del corazón de la mente. Los predicadores que son
grandes estudiantes y pensadores deben ser todavía más grande en la oración o se
convertirán en los más temibles apóstatas, en profesionales cínicos y racionalistas, y en
la estimación de Dios serán menos que los últimos predicadores.
La otra tendencia es de popularizar por completo el ministerio. Entonces el
predicador ya no es un hombre de Dios, sino un hombre de negocios, entregado al
pueblo. No ora, porque su misión es otra. Se siente satisfecho si dirige al pueblo, si
crea interés, una sensación en favor de la religión y del trabajo de la iglesia. Su relación
personal hacia Dios no es factor en su trabajo. La oración en poco o nada ocupa un
lugar en sus planes. El desastre y ruina de un ministerio semejante no puede ser
computado por la aritmética terrenal. Lo que el predicador es en su oración a Dios, a
sí mimo y por su pueblo, así es su poder para hacer un bien real a los hombres, para
servir eficientemente y mantener su fidelidad hacia Dios y los hombres por el tiempo y
la eternidad.
Es imposible para el predicador estar en armonía con la naturaleza divina de su alta
vocación si no ora mucho. Es un gran error creer que el predicador por la fuerza del
deber y la fidelidad laboriosa al trabajo y rutina del ministerio puede conservar su
aptitud e idoneidad. Aun la tarea de hacer sermones, incesante y exigente como un
arte, como un deber, como una ocupación o como un placer, por falta de oración a
Dios, endurecerá y enajenará el corazón. El naturalista pierde a Dios en la naturaleza.
El predicador puede perder a Dios en su sermón.
La oración renueva el corazón del predicador, lo mantiene en armonía con Dios y en
simpatía con el pueblo, eleva su ministerio por sobre el aire frío de una profesión,
hace provechosa la rutina y mueve todas las ruedas con la facilidad y energía de una
unción divina.
Spurgeon decía: "Por supuesto, el predicador tiene que distinguirse entre todos como
un hombre de oración. Tiene que orar como cualquier cristiano, o será un hipócrita;
ha de orar más que otro cualquier cristiano, o estará incapacitado para la carrera que
ha escogido. Es de lamentar si como ministro no eres muy dado a la oración. Si eres
indiferente a la devoción sagrada no sólo es de lamentar por ti sino por tu pueblo, y el
día vendrá en que serás avergonzado y confundido. Nuestras bibliotecas y estudios son
nada en comparación de lo que podemos obtener en las horas de retiro y meditación.
Han sido grandes días los que hemos pasado ayunando y orando en el tabernáculo;
nunca las puertas del cielo han estado más abiertas, ni nuestros corazones más cerca
de la verdadera Gloria".
La oración que caracteriza al ministro piadoso no es la que se pone en pequeña
cantidad, como la esencia que se usa para dar sabor agradable, sino que la oración ha
de estar en el cuerpo, formando la sangre y los huesos. La oración no es un deber sin
importancia que podamos colocar en un rincón; no es el hecho confeccionado con los
fragmentos de tiempo que hemos arrebatado a los negocios y a otras ocupaciones de la
vida; sino que exige de nosotros lo mejor de nuestro tiempo y de nuestra fuerza. Este
tiempo precioso no ha de ser devorado por el estudio o por las actividades de los
deberes ministeriales; sino ha de ser primero la oración, y luego los estudios y
actividades, para que éstos sean renovados y perfeccionados por aquélla. La oración
que tiene influencia en el ministerio debe afectar toda la vida. La oración que
transforma el carácter no es un rápido pasatiempo. Ha de penetrar tan fuertemente en
el corazón y en la vida como los ruegos y súplicas de Cristo, "con gran clamor y
lágrimas"; debe derramar el alma en un supremo anhelo como Pablo; ha de tener el
fuego y la fuerza de la "oración eficaz" de Santiago; ha de ser de tal calidad que cuando
se presente ante Dios en el incensario de oro, efectúe grandes revoluciones
espirituales.
La oración no es un pequeño hábito que se nos ha inculcado cuando andábamos
cogidos al delantal de nuestra madre; ni tampoco el cuarto de minuto que
decentemente dedicamos para dar las gracias a la hora de la comida, sino que es un
trabajo serio para los años de más reflexión. Debe ocupar más de nuestro tiempo y
voluntad que las más hermosas festividades. La oración que tiene tan grandes
resultados en nuestra predicación merece que se le consagre lo mejor. El carácter de
nuestra oración determinará el de nuestra predicación. Una predicación ligera
proviene de una oración de la misma naturaleza. La oración da a la predicación fuerza,
unción y determinación. En todo ministerio de calidad, la oración ha tenido un lugar
importante.
El predicador ha de ser preeminentemente un hombre de oración, graduado en la
escuela de la plegaria. Sólo allí puede aprender su corazón a predicar. Ningún
conocimiento puede ocupar el lugar de la oración. No puede suplirse su falta con el
entusiasmo, la diligencia o el estudio.
Hablar a los hombres de parte de Dios es una gran cosa, pero es más aun hablar a
Dios por los hombres. Nunca podrá el predicador transmitir el mensaje de Dios si no
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- Contenido
- 1. El Hombre, instrumento del Espíritu
- 2. La letra mata, mas el Espíritu vivifica
- 3. Sermones que Matan
- 4. La Oración Determina la Predicación
- 5. La Primacia de la Oración
- 6. El Ministerio Fructífero
- 7. El Secreto de la Vida de Oración
- 8. Valor para Orar
- 9. El Primer Deber
- 10. La Oración, Creadora de Devoción
- 11. Una Vida de Oración
- 12. El Alma de la Predicación
- 13. La Unción y la Predicación
- 14. La Unción y la Oración
- 15. Orad sin Cesar
- 16. La Dinámica Espiritual
- 17. Perseverancia en la Oración
- 18. Hombres de Oración
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