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Packer. Hacia El conocimiento de Dios.

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Una obra excepcional que nos presenta las grandezas de la persona de Dios y la vida cristiana en una forma admirable, amena y profunda.
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by Javier Andres on July 30th, 2010 at 11:06 am
Estoy estudiando en un instituto biblico y necesito leer este impresionante libro
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PREFACIO

Así como los payasos aspiran a representar el papel de Hamlet, yo he deseado escribir
un tratado sobre Dios. No obstante, este libro no es dicho tratado. Su extensión quizá
pueda hacer pensar en que intenta serlo, pero el que lo tome así saldrá defraudado.
Cuando más se trata de una sarta de cuentas: una serie de pequeños estudios sobre
grandes temas, la mayor parte de los cuales aparecieron primeramente en el Evangelical
Magazine. En su origen constituían mensajes independientes, pero se presentan reunidos
ahora que parecen fusionarse en un solo mensaje acerca de Dios y de nuestra manera de
vivir. Es su objetivo práctico el e explica tanto la selección como la omisión de tópicos
y modo en que están tratados.

En A Preface of Christian Theology (Prefacio a la teología cristiana), Juan Mackay
ilustró dos tipos de interés en cuestiones cristianas con personas sentadas en el balcón
del alto de una casa española que observan el paso de la gente en la calle abajo. Los
"balconeros" pueden oír lo que hablan los que pasan y pueden charlar con ellos; pueden
comentar críticamente la forma en que caminan los que pasan; o pueden también
cambiar ideas acerca de la calle, de la existencia misma de la calle o a dónde conduce,
lo que de verse a lo largo de la misma, y así por el estilo; pero son espectadores, y sus
problemas son teóricos únicamente. Los que pasan, en cambio, enfrentan problemas
que, aunque tienen su lado teórico, son esencialmente prácticos: problemas del tipo de
"qué camino tomar" y "cómo hacer llegar", problemas que requieren no solamente
comprensión sino también decisión y acción. Tanto los balconeros como los viajeros
pueden pensar sobre los mismos asuntos, pero sus problemas difieren. Así, por ejemplo,
en relación con el mal, el problema del balconero es encontrar una explicación teórica
de cómo conciliar el mal con la soberanía y la bondad de Dios, mientras que el
problema del viajero es cómo vencer el mal y hacer que redunde en beneficio. De modo
semejante, en relación con el pecado, el balconero se pregunta si la pecaminosidad de la
raza y la perversidad individual son realmente conceptos aceptables, mientras que el
viajero, que conoce el pecado desde dentro, se pregunta qué esperanza hay de
liberación. O tomemos el problema de la Deidad: mientras el balconero se está
preguntando cómo es posible que un Dios sea tres, qué clase de unidad pueden
representar tres, y cómo tres que hacen uno pueden ser personas, el viajero quiere saber
cómo hacer honor, y mostrar amor y confianza como corresponde, a las tres personas
que están ahora mismo obrando juntas para sacarlo del pecado y llevarlo a la gloria. Y
así podríamos seguir. Ahora bien, este es un libro para viajeros, y trata cuestiones de
viajeros.

La convicción que sustenta a este libro es la de que la ignorancia de Dios -ignorancia
tanto de sus caminos como de la práctica de la comunión con él- está a la raíz de buena
parte de la debilidad de la iglesia en la actualidad. Dos tendencias desafortunadas
parecen haber producido este estado de cosas.

La primera tendencia es la de que la mentalidad del cristiano se ha conformado al
espíritu moderno: el espíritu, vale decir, que concibe grandes ideas sobre el hombre y
sólo deja lugar para ideas pequeñas en cuantos Dios. La tendencia moderna para con
Dios es la de mantenerlo a la distancia, sino a negarlo totalmente; y lo irónico está en
que los cristianos modernos, preocupados por la conservación de prácticas religiosas en
un mundo irreligioso, han permitido ellos mismos que Dios se haga remoto. Las

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personas con visión clara, .al ver esto, se sienten tentadas a retirarse de las iglesias con
una especie de disgusto, a fin de proseguir la búsqueda de Dios por su cuenta. Y no es
posible culparlos del todo; porque la gente de iglesia que mira a Dios por el extremo
opuesto del telescopio, por así decirlo, de tal modo que queda reducido al tamaño de un
pigmeo, no pueden menos que terminar siendo ellos mismos cristianos pigmeos; y
naturalmente la gente con visión clara quiere algo mejor que esto. Más todavía, las
ideas sobre la muerte, la eternidad, el juicio, la grandeza del alma, y las consecuencias
perdurables de las decisiones temporales, están todas pasadas de moda para los
modernos, y es triste comprobar que la iglesia cristiana, siguiendo la misma tendencia,
en lugar de alzar su voz para recordar al mundo lo que está siendo olvidado, se ha
acostumbrado a darle muy poco lugar a estos temas. Pero estas capitulaciones ante el
espíritu moderno resultan suicidas por lo que concierne a la vida cristiana.

La segunda tendencia es la de que la mente cristiana ha sido perturbada por el
escepticismo moderno. Desde hace más de tres siglos la levadura naturalista de la
perspectiva renacentista viene trabajando como un cáncer en el pensamiento occidental.
Los arminianos y los deístas del siglo diecisiete, como los socinianos del siglo dieciséis,
llegaron a negar, contra la teología de la Reforma, que el control que ejerce Dios sobre
el mundo sea directo ni completo, y en buena medida la teología, la filosofía, y la
ciencia se han combinado desde entonces para apoyar esta negación. Como resultado, la
Biblia ha sido atacada intensamente, como ha ocurrido también con muchas de las
posiciones fundamentales del cristianismo histórico. Los hechos fundamentales de la fe
han sido puestos en tela de juicio. ¿Se encontró Dios con Israel en el Sinaí? ¿Fue Jesús
algo más que un hombre muy espiritual? ¿Realmente acontecieron los milagros del
evangelio? ¿No será el Jesús de los evangelios una figura mayormente imaginaria?.. Y
así por el estilo. Pero es o no es todo. El escepticismo acerca de la revelación divina,
como también acerca de los orígenes del cristianismo, ha dado lugar a un escepticismo
más amplio que abandona toda idea de una unidad de la verdad, y con ello toda
esperanza de un conocimiento humano unificado; de modo que en la actualidad se
supone comúnmente que mis aprehensiones religiosas no tienen nada que ver con mi
conocimiento científico de las cosas externas a mí mismo, por cuanto Dios no está "allí
afuera" en el mundo, sino solamente "aquí adentro", en mi psique. La incertidumbre y
la confusión en cuanto a Dios que caracteriza a nuestra época es lo peor que hemos
conocido desde que la teosofía gnóstica intentó tragarse al cristianismo en el siglo dos.

Con frecuencia se dice hoy en día que la teología está más firme que nunca, y en
términos de erudición académica y de la cantidad y calidad de los libros que se publican
probablemente sea cierto; pero hace mucho que la teología no ha sido tan débil y tan
torpe en su tarea básica de mantener a las iglesias dentro de las realidades del evangelio.
Hace noventa años C.H. Spurgeon describió los bamboleos que ya veía entre los
bautistas en relación con la Escritura, la expiación, y el destino humano, como la
"cuesta abajo". ¡Si Spurgeon pudiera analizar el pensamiento protestante sobre Dios en
la actualidad, supongo que hablaría de la "caída en picada"!

"Paraos en los caminos, y mirad, y. preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen
camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma" (Jer. 6: 16). Esa es la
invitación que este libro extiende también al lector. No se trata de una crítica de las
sendas nuevas, excepto indirectamente, sino más bien de un sincero y directo llamado a
recordar las antiguas, en el convencimiento de que "el buen camino" sigue siendo el que

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solía ser. No les pido a mis lectores que supongan que estoy muy seguro de lo que
hablo. "Aquellos, como yo -escribió C.S. Lewis-, cuya imaginación excede con mucho
a su obediencia, están expuestos a un justo castigo; fácilmente imaginamos condiciones
mucho más altas de las que jamás hemos alcanzado. Si describimos lo que hemos
imaginado podemos hacer creer a otros, y a nosotros mismos, que realmente hemos
estado allí”... y de este modo engañados a ellos y engañamos a nosotros mismos (The
Four Laves ['Los cuatro amores), Fontana, p. 128). Todos los que leen y escriben
literatura devocional harían bien en reflexionar sobre las palabras de Lewis. Mas
"teniendo el espíritu de fe conforme a lo que está escrito: 'Creí, por lo cual hablé'.
nosotros también creemos, por lo cual hablamos" (II Cor. 4: 13) ... y si lo que aquí se
ha escrito ayuda a alguien en la forma en que las meditaciones que precedieron su
redacción me ayudaron a mí, la tarea habrá valido con creces la pena.

J.I.P. Trinity College, Bristol, Inglaterra julio de 1972
CAPITULO 1: EL ESTUDIO DE DIOS

I

El 7 de enero de 1855 el pastor de la capilla de New Park Street, Southwark, Inglaterra,
inició su sermón matutino con las siguientes palabras:

Alguien ha dicho que "el estudio apropiado de la humanidad es el hombre". No vaya
negar este concepto, pero pienso que es igualmente cierto que el estudio apropiado para
los elegidos de Dios es Dios mismo; el estudio apropiado para el cristiano es la Deidad.
La ciencia más elevada, la especulación más encumbrada, la filosofía más vigorosa, que
puedan jamás ocupar la atención de un hijo de Dios, es el nombre, la naturaleza, la
persona, la obra, los hechos, y la existencia de ese gran Dios a quien llama Padre.

En la contemplación de la Divinidad hay algo extraordinariamente beneficioso para la
mente. Es un tema tan vasto que todos nuestros pensamientos se pierden en su
inmensidad; tan profundo, que nuestro orgullo se hunde en su infinitud. Cuando se trata
de otros temas podemos abarcarlos y enfrentarlos; sentimos una especie de
autosatisfacción al encararlos, y podemos seguir nuestro camino con el pensamiento de
que "he aquí que soy sabio". Pero cuando nos damos con esta ciencia por excelencia y
descubrimos que nuestra plomada no puede sondear su profundidad, que nuestro ojo de
águila no puede percibir su altura, nos alejamos con el pensamiento de que el hombre
vano quisiera ser sabio, pero que es como el pollino salvaje; y con la solemne
exclamación de que "soy de ayer, y nada sé". Ningún tema de contemplación tenderá a
humillar a la mente en mayor medida que los pensamientos de Dios.

Más, si bien el tema humilla la mente, al propio tiempo la expande. El que con
frecuencia piensa en Dios, tendrá una mente más amplia que el hombre que se afana
simplemente por lo que le ofrece este mundo estrecho. El estudio más excelente para
ensanchar el alma es la Ciencia de Cristo, y este crucificado, y el conocimiento de la
deidad en la gloriosa Trinidad. Nada hay que desarrolle tanto el intelecto, que
magnifique tanto el alma del hombre, como la investigación devota, sincera, y continua
del gran tema de la Deidad.

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Además, a la vez que humilla y ensancha, este tema tiene un efecto eminentemente
consolador. La contemplación de Cristo proporciona un bálsamo para toda herida; la
meditación sobre el Padre proporciona descanso de toda' aflicción; y en la influencia del
Espíritu Santo hay bálsamo para todo mal. ¿Quieres librarte de tu dolor? ¿Quieres
ahogar tus preocupaciones? Entonces ve y zambúllete en lo más profundo del mar de la
Deidad; piérdete en su inmensidad; y saldrás de allí como a levantarte de un lecho de
descanso, renovado y fortalecido. No conozco nada que sea tan consolador para el alma,
que apacigüe las crecientes olas del dolor y la aflicción, que proporcione paz ante los
vientos de las pruebas, como la ferviente reflexión sobre el tema de la Deidad. Invito a
los presentes a considerar dicho tema esta mañana.

Las palabras que anteceden, dichas hace más de un siglo por C. H. Spurgeon (que en
esa época, increíblemente, tenía sólo veinte años de edad) eran ciertas entonces y siguen
siéndolo hoy. Ellas constituyen un prefacio adecuado para una serie de estudios sobre la
naturaleza y el carácter de Dios.
II

"Pero espere un momento -dice alguien-, contésteme esto: ¿Tiene sentido realmente
nuestro viaje? Ya sabemos que en la época de Spurgeon a la gente le interesaba la
teología, pero a mí me resulta aburrida. ¿Por qué vamos a dedicarle tiempo en el día de
hoy al tipo de estudio que usted nos propone? ¿No le parece que el laico, por de pronto,
puede arreglárselas sin él? Después de todo, ¡estamos en el año 1979, no en l855!"

La pregunta viene al caso, por cierto; pero creo que hay una respuesta convincente para
la misma. Está claro que el interlocutor de referencia supone que un estudio sobre la
naturaleza y el carácter de Dios ha de ser impráctico e irrelevante para la vida. En
realidad, sin embargo, se trata del proyecto más práctico que puede encarar cualquiera.
El conocimiento acerca de Dios tiene una importancia crucial para el desarrollo de
nuestra vida. Así como sería cruel trasladar a un aborigen del Amazonas directamente a
Londres, depositarlo sin explicación alguna en la plaza de Trafalgar, y allí abandonarlo,
sin conocimiento de la lengua inglesa ni de las costumbres inglesas, para que se
desenvuelva por su cuenta, así también somos crueles para con nosotros mismos cuando
intentamos vivir en este mundo sin conocimiento de ese Dios cuyo es el mundo y al que
él dirige. Para los que no saben nada en cuanto a Dios, este mundo se torna en un lugar
extraño, loco y penoso, y la vida en él se hace desalentadora y desagradable. El que
descuida el estudio de Dios se sentencia a sí mismo a transitar la vida dando tropezones
y errando el camino como si tuviera los ojos vendados, por así decido, sin el necesario
sentido de dirección y sin comprender lo que ocurre a su alrededor. Quien obra de este
modo ha de malgastar su vida y perder su alma.

Teniendo presente, pues, que el conocimiento de Dios vale la pena, nos preparamos
para comenzar. Más, ¿por dónde hemos de empezar? Evidentemente tenemos que iniciar
el estudio desde donde estamos. Esto, sin embargo, significa metemos en la tormenta,
por cuanto la doctrina de Dios constituye foco tormentoso en el día de hoy. El
denominado "debate sobre Dios", con sus lemas tan alarmantes -"nuestra imagen de
Dios debe desaparecer"; "Dios ha muerto"; "podemos cantar el credo pero no podemos
decirlo" - se agita por todas partes. Se nos afirma que la fraseología cristiana, como la

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han practicado históricamente los creyentes, es una especie de disparate refinado, y que
el conocimiento de Dios está en realidad vacío de contenido. Los esquemas de
enseñanza que profesan tal conocimiento se catalogan de anticuados y se descartan -"el
calvinismo", "el fundamentalismo", "el escolasticismo protestante", "la vieja ortodoxia".
¿Qué hemos de hacer? Si postergamos el viaje hasta que haya pasado la tormenta, quizá
nunca lleguemos a comenzarlo. Yo propongo lo siguiente. El lector recordará la forma
en que el peregrino de Bunyan se tapó los oídos con los dedos y siguió corriendo,
exclamando: " Vida, Vida, Vida Eterna " cuando su mujer y sus hijos lo llamaban para
que abandonase el viaje que estaba iniciando. Yo le pido al lector que por un momento
se tape los oídos para no escuchar a los que les dicen que no hay camino que lleve al
conocimiento de Dios, y que inicie el viaje conmigo para ver por sí mismo. Después de
todo, las apariencias pueden ser engañosas, y el que transita un camino reconocido no
se molestará mayormente si oye que los que no lo hacen se dicen unos a otros que no
existe tal camino.

Tormenta o no, por lo tanto, nosotros vamos a comenzar. Empero, ¿cómo trazamos la
ruta que hemos de seguir?

La ruta la determinarán cinco afirmaciones básicas, cinco principios fundamentales
relativos al conocimiento sobre Dios que sostienen los cristianos. Son los que siguen:
1. Dios ha hablado al hombre, y la Biblia es su palabra, la que nos ha sido dada
para abrir nuestros entendimientos a la salvación.
2. Dios es Señor y Rey sobre su mundo; gobierna por sobre todas las cosas para su
propia gloria, demostrando sus perfecciones en todo lo que hace, a fin de que
tanto hombres como ángeles le rindan adoración y alabanza.
3. Dios es Salvador, activo en su amor soberano mediante el Señor Jesucristo con el
propósito de rescatar a los creyentes de la culpa y el poder del pecado, para
adoptarlos como hijos, y bendecirlos como tales.
4. Dios es trino y uno; en la Deidad hay tres personas, Padre, Hijo, y Espíritu
Santo; yen la obra de salvación las tres personas actúan unidas, el Padre
proyectando la salvación, el Hijo realizándola, y el Espíritu aplicándola.
5. La santidad consiste en responder a la revelación de Dios con confianza y
obediencia, fe y adoración, oración y alabanza; sujeción y servicio. La vida debe
verse y vivirse a la luz de la Palabra de Dios. Esto, y nada menos que esto,
constituye la verdadera religión.

A la luz de estas verdades generales y básicas, vamos a examinar a continuación lo que
nos muestra la Biblia sobre la naturaleza y el carácter del Dios del que hemos estado
hablando. Nos hallamos en la posición de viajeros que, luego de observar una gran
montaña a la distancia, de rodearla y de comprobar que domina todo el panorama y que
determina la configuración de la campiña que la rodea, se dirigen directamente hacia
ella con la intención de escalarla.

III

¿Qué entraña la ascensión? ¿Cuáles son los temas que nos ocuparán?


6

Tendremos que estudiar la Deidad de Dios. Las cualidades de la Deidad que separan a
Dios de los hombres, y determinan la diferencia y la distancia que existen entre el
Creador y sus criaturas, cualidades tales como su existencia autónoma, su infinitud, su
eternidad, su inmutabilidad. Tendremos que considerar los poderes de Dios: su
omnisciencia, su omnipresencia, su carácter todopoderoso. Tendremos que referimos a
las perfecciones de Dios, los aspectos de su carácter moral que se manifiestan en sus
palabras y en sus hechos: su santidad, su amor y misericordia, su veracidad, su
fidelidad, su bondad, su paciencia, su justicia. Tendremos que tomar nota de lo que le
agrada, lo que le ofende, lo que despierta su ira, lo que le da satisfacción y gozo.

Para muchos de nosotros se trata de temas relativamente poco familiares. No lo fueron
siempre para el pueblo de Dios. Tiempo hubo en que el tema de los atributos de Dios
(como se los llamaba) revestía tal importancia que se lo incluía en el catecismo que
todos los niños de las iglesias debían aprender y que todo miembro adulto debía
conocer. Así, a la cuarta pregunta en el Catecismo Breve de Westminster, "¿Qué es
Dios?", la respuesta rezaba de este modo: "Dios es espíritu, infinito, eterno, e inmutable
en su ser, sabiduría, poder, santidad, justicia, bondad, y verdad", afirmación que el
gran Charles Hodge describió como "probablemente la mejor definición de Dios que
jamás haya escrito el hombre". Pocos son los niños de hoy en día, con todo, que
estudian el Catecismo Breve de Westminster, y pocos son los fieles modernos que
habrán escuchado una serie de sermones sobre el carácter de la divinidad parecidos a los
voluminosos Discourses on the Existence and Attributes 0f God (Discursos sobre la
existencia y los atributos de Dios) de Chamock dados en 1682. Igualmente, son pocos
los que habrán leído algo sencillo y directo sobre la naturaleza de Dios, por cuanto poco
es lo que se ha escrito sobre el mismo últimamente. Por lo tanto hemos de suponer que
una exploración de los temas mencionados nos proporcionará muchos elementos nuevos
para la meditación, y muchas ideas nuevas para considerar y digerir.
IV

Por esta misma razón debemos detenemos, antes de comenzar el ascenso de la montaña,
para hacemos una pregunta sumamente importante; pregunta que, ciertamente, siempre
deberíamos hacemos cada vez que comenzamos cualquier tipo de estudio del Santo
Libro de Dios. La pregunta se relaciona con nuestros propios motivos e intenciones al
encarar el estudio. Necesitamos preguntamos: ¿Cuál es mi meta Última, mi propósito,
al dedicarme a pensar en estas cosas? ¿Qué es 10 que pienso hacer con mi conocimiento
acerca de Dios, una vez que lo haya adquirido? Porque el hecho que tenemos que
enfrentar es el siguiente: que si buscamos el conocimiento teológico por lo que es en sí
mismo, terminará por resultamos contraproducente. Nos hará orgullosos y engreídos. La
misma grandeza del tema nos intoxicará, y tenderemos a sentimos superiores a los
demás cristianos, en razón del interés que hemos demostrado en él y de nuestra
comprensión del mismo; tenderemos a despreciar a las personas cuyas ideas teológicas
nos parezcan toscas e inadecuadas, y a despacharlas como elementos de muy poco
valor. Porque como les dijo Pablo a los ensoberbecidos Corintios: "El conocimiento
envanece... si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo" (I
COL 8: 1 a, 2). Si adquirir conocimientos teológicos es un fin en sí mismo, si estudiar
la Biblia no representa un motivo más elevado que el deseo de saber todas las
respuestas, entonces nos veremos encaminados directamente a un estado de
engreimiento y autoengaño. Debemos cuidar nuestro corazón a fin de no abrigar una

7

actitud semejante, y orar para que ello no ocurra. Como ya hemos visto, no puede haber
salud espiritual sin conocimiento doctrinal; pero también es cierto que no puede haber
salud espiritual con dicho conocimiento si se 10 procura con fines errados y se lo estima
con valores equivocados. En esta forma el estudio doctrinal puede realmente tornarse
peligroso para la vida espiritual, y nosotros hoy en día, en igual medida que los
corintios de la antigüedad, tenemos que estar en guardia a fin de evitar dicho peligro.
Empero, dirá alguien, ¿acaso no es un hecho que el amor a la verdad revelada de Dios,
y un deseo de saber todo lo que se pueda, es lo más lógico y natural para toda persona
que haya nacido de nuevo? ¿Qué nos dice el Salmo 119? - "enséñame tus estatutos";
"abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley"; "¡oh, cuánto amo yo tu ley! ", "¡cuán
dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca"; "dame entendimiento
para conocer tus testimonios" (vv. 12, 18, 97, 103,125). ¿Acaso no anhela todo hijo de
Dios, junto con el salmista, saber todo lo que puede acerca de su Padre celestial?
¿Acaso no es el hecho de que "recibieron el amor de la verdad" de este modo prueba de
que han nacido de nuevo? (véase II Tes. 2: 10). ¿Y acaso no está bien el procurar
satisfacer en la mayor medida posible este anhelo dado por Dios mismo?
Claro que lo está, desde luego. Pero si miramos nuevamente lo que dice el Salmo 119,
veremos que lo que anhelaba el salmista era adquirir un conocimiento no teórico sino
práctico acerca de Dios. Su anhelo supremo era el de conocer a Dios mismo y deleitarse
en él, y valorar el conocimiento sobre Dios simplemente coma un medio para ese fin. I
Quería entender las verdades divinas con el fin de que su corazón pudiera responder a
ellas y que su vida se fuese conformando a ellas. Observamos lo que se destaca en los
versículos iniciales: "Bienaventurados los perfectos de camino, los que andan en la ley
de Jehová. Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le
buscan... ¡Ojala fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos!" (vv. 1, 2,
5).Le interesaban la verdad y la ortodoxia, la enseñanza bíblica y la teología, pero no
Como fines en sí mismas sino como medios para lograr las verdaderas metas de la vida
y la santidad. Su preocupación central era acerca del conocimiento y el servicio del gran
Dios cuya verdad procuraba entender.
Esta debe ser también nuestra actitud. Nuestra meta al estudiar la Deidad debe ser la de
conocer mejor a Dios mismo. Debe interesamos ampliar el grado de acercamiento no
sólo a la doctrina de los atributos de Dios sino al Dios vivo que los ostenta. Así como él
es el tema de nuestro estudio, y el que nos ayuda en ello, también debe ser él el fin del
mismo. Debemos procurar que el estudio de Dios nos lleve más cerca de él. Con este
fin se dio la revelación, y es a este fin que debemos aplicada. ¿Cómo hemos de lograr
esto? ¿Cómo podemos transformar el conocimiento acerca de Dios en conocimiento de
Dios? La regla para llegar a ello es exigente, pero simple. Consiste en que
transformemos todo lo que aprendemos acerca de Dios en tema de meditación delante de
Dios, seguido de oración y alabanza a Dios.
Quizá tengamos alguna idea acerca de lo que es la oración, pero no en cuanto a lo que
es la meditación. Es fácil que así sea por cuanto la meditación es un arte que se ha
perdido en el día de hoy, y los creyentes sufren gravemente cuando ignoran dicha
práctica. La meditación es la actividad que consiste en recordar, en pensar, y en
reflexionar sobre todo lo que uno sabe acerca de las obras, el proceder, los propósitos, y
las promesas de Dios, y aplicado todo a uno mismo. Es la actividad del pensar

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consagrado, que se realiza conscientemente en la presencia de Dios, a la vista de Dios,
con la ayuda de Dios, y como medio de comunión con Dios. Tiene como fin aclarar la
visión mental y espiritual que tenemos de Dios y permitir que la verdad de la misma
haga un impacto pleno y apropiado sobre la mente y el corazón. Se trata de un modo de
hablar consigo mismo sobre Dios y lino mismo; más aun, con frecuencia consiste en
discutir con uno mismo, a fin de librarse de un espíritu de duda, de incredulidad, para
adquirir una clara aprehensión del poder y la gracia de Dios. Tiene como efecto inva-
riable el humillamos, cuando contemplamos la grandeza y la gloria de Dios, y nuestra
propia pequeñez y pecaminosidad, como también alentamos y damos seguridad -"conso-
larnos", para emplear el vocablo en el antiguo sentido bíblico del mismo- mientras
contemplamos las inescrutables riquezas de la misericordia divina desplegadas en el
Señor Jesucristo. Estos son los puntos que destaca Spurgeon en el párrafo de su sermón
citado al comienzo de este capítulo, y son reales y verdaderos. En la medida en que
vamos profundizando más y más esta experiencia de ser humillados y exaltados,
aumenta nuestro conocimiento de Dios, y con él la paz, la fortaleza y el gozo. Dios nos
ayuda, por lo tanto, a transformar nuestro conocimiento acerca de Dios de este modo, a
fin de que realmente podamos decir que "conocemos al Señor".
CAPITULO 2: EL PUEBLO QUE CONOCE A DIOS

I
En un día de sol me paseaba con un hombre erudito que había arruinado en forma
definitiva sus posibilidades de adelanto en el orden académico porque había chocado con
dignatarios de la iglesia en torno al tema del evangelio de la gracia. "Pero no importa -
comentó al final- porque yo he conocido a Dios y ellos no". Esta observación no era
más que un paréntesis, un comentario al pasar en relación con algo que dije yo; pero a
mí se me quedó grabada, y me hizo pensar.
Se me ocurre que no son muchos los que dirían en forma natural que han conocido a
Dios. Dicha expresión tiene relación con una experiencia de un carácter concreto y real
a la que la mayoría de nosotros, si somos honestos, tenemos que admitir que seguimos
siendo extraños. Afirmamos, tal vez, que tenemos un testimonio que dar, y podemos
relatar sin la menor incertidumbre la historia de nuestra conversión como el que mejor;
decimos que conocemos a Dios -que es, después de todo, 10 que se espera que diga un
evangélico-; empero, ¿se nos ocurriría decir, sin titubeo alguno, y con referencia a
momentos particulares de nuestra experiencia personal, que hemos conocido a Dios? Lo
dudo, porque sospecho que para la mayoría de nosotros la experiencia de Dios nunca ha
alcanzado contornos tan vívidos como lo que implica la frase.
Me parece que no somos muchos los que podríamos decir en forma natural que, a la luz
del conocimiento de Dios que hemos llegado a experimentar, las desilusiones pasadas y
las angustias presentes, tal como las considera el mundo, no importan. Porque el hecho
real es que a la mayoría de las personas sí nos importan. Vivimos con ellas, y ellas
constituyen nuestra "cruz" (como la llamamos). Constantemente descubrimos que nos
estamos volcando hacia la amargura, la apatía, y la pesadumbre, porque nos ponemos a
pensar en ellas, cosa que hacemos con frecuencia. La actitud que adoptamos para con el
mundo es una especie de estoicismo desecado, lo cual dista enormemente de ese "gozo

9

inefable y glorioso" que en la estimación de Pedro debían estar experimentando sus
lectores (1 Pedro 1: 8). “¡Pobrecitos -dicen de nosotros nuestros amigos-, cómo han
sufrido!"; y esto es justamente lo que nosotros mismos creemos. Pero este heroísmo
falso no tiene lugar alguno en la mente de los que realmente han conocido a Dios.
Nunca piensan con amargura sobre lo que podría haber sido; jamás piensan en lo que
han perdido, sino sólo en lo que han ganado. "Cuantas cosas eran para mí ganancia, las
he estimado como pérdida por amor de Cristo -escribió Pablo-~ Y ciertamente aun
estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús,
mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura para ganar a
Cristo, y ser hallado en él... a fin de conocerle... “, (Fil. 3:7-10). Cuando Pablo dice
que estima que las cosas que perdió como "basura", no quiere decir simplemente que no
las considere valiosas sino que tampoco las tiene constantemente presentes en la mente:
¿qué persona normal se pasa el tiempo soñando nostálgicamente con la basura? Y, sin
embargo, esto es justamente lo que muchos de nosotros hacemos. Esto demuestra lo
poco que en realidad poseemos en lo que se refiere a un verdadero conocimiento de
Dios.
En este punto tenemos que enfrentamos francamente con nuestra propia realidad. Quizá
seamos evangélicos ortodoxos. Estamos en condiciones de declarar el evangelio con
claridad, y podemos detectar la mala doctrina a un kilómetro de distancia. Si alguien
nos pregunta cómo pueden los hombres conocer a Dios, podemos de inmediato
proporcionarle la fórmula correcta: que llegamos a conocer a Dios por mérito de
Jesucristo el Señor, en virtud de su cruz y de su mediación, sobre el fundamento de sus
promesas, por el poder del Espíritu Santo, mediante el ejercicio personal de la fe. Mas
la alegría genuina, la bondad, el espíritu libre, que son las marcas de los que han
conocido a Dios, raramente se manifiestan en nosotros; menos, tal vez, que en algunos
círculos cristianos donde, por comparación, la verdad gélica se conoce en forma menos
clara y completa. Aquí también parecería ser que los postreros pueden llegar ser los
primeros, y los primeros postreros. El conocer limitadamente a Dios tiene más valor que
poseer un gran conocimiento acerca de él.
Centrándonos más en esta cuestión, quisiera agregar dos cosas.
Primero, se puede conocer mucho acerca de Dios sin tener mucho conocimiento de él.
Estoy seguro de que muchos de nosotros nunca nos hemos dado cuenta de esto.
Descubrimos en nosotros un profundo interés en la teología (disciplina que, desde
luego, resulta sumamente fascinante; en el siglo diecisiete constituía el pasatiempo de
todo hombre de bien). Leemos libros de teología y apologética. Nos aventuramos en la
historia cristiana y estudiamos el credo cristiano. Aprendemos a manejar las Escrituras.
Los demás sienten admiración ante nuestro interés en estas cuestiones, y pronto
descubrimos que se nos pide opinión en público sobre diversas cuestiones relacionadas
con lo cristiano; se nos invita a dirigir grupos de estudio, a presentar trabajos, a escribir
artículos, y en general a aceptar responsabilidades, ya sea formales o informarles; a
actuar como maestros y árbitros de ortodoxia en nuestro propio círculo cristiano. Los
amigos nos aseguran que estiman grandemente nuestra contribución, y todo esto nos
lleva a seguir explorando las verdades divinas, a fin de estar en condiciones de hacer
frente a las demandas. Todo esto es muy bello, pero el interés en la teología, el
conocimiento acerca de Dios, y la capacidad de pensar con claridad y hablar bien sobre
temas cristianos no tienen nada que ver con el conocimiento de Dios. Podemos saber

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