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Relato de un naufrago

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Es una historia real en la cual García Marquez cuenta la historia de supervivencia de un naufrago.
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  • Added: November, 03rd 2011
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ArgumentoPersonajesAmbienteLugarTiempoElementos de un cuentoARGUMENTOLlamado también trama, es el encadenamiento de los sucesos.

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GABRIEL GARCIA MARQUEZ








Relato de un naufrago




que estuvo diez dias a la deriva en una balsa sin comer ni beber,
que fue proclamado heroe de la patria, besado por las reinas de la
belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el
gobierno y olvidado para siempre.

La historia de esta historia

El 28 de febrero de 1955 se conocio la noticia de que ocho miembros de la tripulacion del
destructor "Caldas", de la marina de guerra de Colombia, hablan caido al agua y
desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe. La nave viajaba desde Mobile,
Estados Unidos, donde habia sido sometida a reparaciones, hacia el puerto colombiano de
Cartagena, a donde llego sin retraso dos horas despues de la tragedia. La busqueda de los
naufragos se inicio de inmediato, con la colaboracion de las fuerzas norteamericanas del
Canal de Panama. que hacen oficios de control militar y otras obras de caridad en del sur
del Caribe. Al cabo de cuatro dias se desistio de la busqueda, y los marineros perdidos
fueron declarados oficialmente muertos. Una semana mas tarde, sin embargo, uno de ellos
aparecio moribundo en una playa desierta del norte de Colombia, despues de permanecer
diez dias sin comer ni beber en una balsa a la deriva. Se llamaba Luis Alejandro Velasco.
Este libro es la reconstruccion periodistica de lo que el me conto, tal como fue publicada un
mes despues del desastre por el diario El Espectador de Bogota.
Lo que no sabiamos ni el naufrago ni yo cuando tratabamos de reconstruir minuto a minuto
su, aventura, era que aquel rastreo agotador habia de conducirnos a una nueva aventura que
causo un cierto revuelo en el pais, que a el le costo su gloria y su carrera y que a mi pudo
costarme el pellejo. Colombia estaba entonces bajo la dictadura militar y folclorica del
general Gustavo Rojas Pinilla, cuyas dos hazanas mas memorables fueron una matanza de
estudiantes en el centro de la capital cuando el ejercito desbarato a balazos una
manifestacion pacifica, y el asesinato por la policia secreta de un numero nunca establecido
de taurofilos dominicales, que abucheaban a la hija del dictador en la plaza de toros. La
prensa estaba censurada, y el problema diario de los periodicos de oposicion era encontrar
asuntos sin germenes politicos para entretener a los lectores. En El Espectador, los
encargados de ese honorable trabajo de panaderia eramos Guillermo Cano, director; Jose
Salgar, jefe de redaccion, y yo, reportero de planta. Ninguno era mayor de 30 anos.
Cuando Luis Alejandro Velasco llego por sus propios pies a preguntarnos cuanto le
pagabamos por su cuento, lo recibimos como lo que era: una noticia refrita. Las fuerzas
armadas lo habian secuestrado varias semanas en un hospital naval, y solo habia podido
hablar con los periodistas del regimen, y con uno de oposicion que se habia disfrazado de
medico. , El cuento habia sido contado a pedazos muchas veces, estaba manoseado y
pervertido, y los lectores parecian hartos de un heroe que se alquilaba para anunciar relojes,
porque el suyo no se atraso a la intemperie; que aparecia en anuncios de zapatos, porque los
suyos eran tan fuertes que no los pudo desgarrar para comerselos, y en otras muchas
porquerias de publicidad. Habia sido condecorado, habia hecho discursos patrioticos por
radio, lo habian mostrado en la television como ejemplo de las generaciones futuras, y lo
habian paseado entre flores y musicas por medio pais para que firmara autografos y lo
besaran las reinas de la belleza. Habia recaudado una pequena fortuna. Si venia a nosotros
sin que lo llamaramos, despues de haberlo buscado tanto, era previsible que ya no tenla
mucho que contar, que seria capaz de inventar cualquier cosa Por dinero, y que el gobierno
le habia senalado muy bien los limites de su declaracion. Lo mandamos por donde vino. De
pronto, al impulso de una corazonada, Guillermo Cano lo alcanzo en las escaleras, acepto el
trato, y me lo puso en las manos. Fue como si me hubiera dado una bomba de relojeria.
Mi primera sorpresa fue que aquel muchacho de 20 anos, macizo, con mas cara de
trompetista que de heroe de la patria, tenia un instinto excepcional del arte de narrar, una
capacidad de sintesis y una memoria asombrosa-s, y bastante dignidad silvestre como para

sonreirse de su propio heroismo. En 20 sesiones de seis horas diarias, durante las cuales yo
tomaba notas y soltaba preguntas tramposas para detectar sus contradicciones, logramos
reconstruir el relato compacto y veridico de sus diez dias en el mar. Era tan minucioso y
apasionante, que mi unico problema literario seria conseguir que el lector lo creyera. No fue
solo por eso, sino tambien porque nos parecio justo, que acordamos escribirlo en primera
persona y firmado por el. Esta es, en realidad, la primera vez que mi nombre aparece
vinculado a este texto.
La segunda sorpresa, que fue la mejor, la tuve al cuarto dia de trabajo, cuando le pedi a
Luis Alejandro Velasco que me describiera la tormenta que ocasiono el desastre.
Consciente de que la declaracion valia su peso en oro, me replico, con una sonrisa: "Es que
no habia tormenta". Asi era: los servicios meteorologicos nos confirmaron que aquel habia
sido uno mas de los febreros mansos y diafanos del Caribe. La verdad, nunca publicada
hasta entonces, era que la nave dio un bandazo por el viento en la mar gruesa, se solto la
carga mal estibada en cubierta, y los ocho marineros cayeron al mar. Esa revelacion
implicaba tres faltas enormes: primero, estaba prohibido transportar carga en un destructor;
segundo, fue a causa del sobrepeso que la nave no pudo maniobrar para rescatar a los
naufragos, y tercero, era carga de contrabando: neveras, televisores, lavadoras. Estaba claro
que el relato, como el destructor, llevaba tambien mal amarrada una carga politica y moral
que no habiamos previsto.
La historia, dividida en episodios, se publico en catorce dias consecutivos. El propio
gobierno celebro al principio la consagracion literaria de su heroe. Luego, cuando se
publico la verdad, habria sido una trastada politica impedir que se continuara la serie: la
circulacion del periodico estaba casi doblada, y habia frente al edificio una rebatina de
lectores que compraban los numeros atrasados para conservar la coleccion completa. La
dictadura, de acuerdo con una tradicion muy propia de los gobiernos colombianos, se
conformo con remendar la verdad con la retorica: desmintio en un comunicado solemne
que el destructor llevara mercancia de contrabando. Buscando el modo de sustentar
nuestros cargos, le pedimos a Luis Alejandro Velasco la lista de sus companeros de
tripulacion que tuvieran camaras fotograficas. Aunque muchos pasaban vacaciones en
distintos lugares del pais, logramos encontrarlos para comprar las fotos que habian tomado
durante el viaje. Una semana despues de publicado en episodios, aparecio el relato
completo en un suplemento especial, ilustrado con las fotos compradas a los marineros. Al
fondo de los grupos de amigos en alta mar, se veian sin la menor posibilidad de equivocos,
inclusive con sus marcas de fabrica, las cajas de mercancia de contrabando. La dictadura
acuso el golpe con una serie de represalias drasticas que habian de culminar, meses
despues, con la clausura del periodico.
A pesar de las presiones, las amenazas y las mas seductoras tentativas de soborno, Luis
Alejandro Velasco no desmintio una linea del relato. Tuvo que abandonar la marina, que
era el unico trabajo que sabia hacer, y se desbarranco en el olvido de la vida comun. Antes
de dos anos cayo la dictadura y Colombia quedo a merced de otros regimenes mejor
vestidos pero no mucho mas justos, mientras yo iniciaba en Paris este exilio errante y un
poco nostalgico que tanto se parece tambien a una balsa a la deriva. Nadie volvio a saber
nada del naufrago solitario, hasta hace unos pocos meses en que un periodista extraviado lo
encontro detras de un escritorio en una empresa de autobuses. He visto esa foto: ha
aumentado de peso y de edad, y se nota que la vida le ha pasado por dentro, pero le ha
dejado el aura serena del heroe que tuvo el valor de dinamitar su propia estatua;

Yo no habia vuelto a leer este relato desde hace quince anos. Me parece bastante digno para
ser publicado, pero no' acabo de comprender la utilidad de su publicacion. Me deprime la
idea de que a los editores no les interese tanto el merito del texto como el nombre con que
esta firmado, que muy a mi pesar es el mismo de un escritor de moda. Si ahora se imprime
en forma de libro es porque dije si sin pensarlo muy bien, y no soy un hombre con dos
palabras.

G. G. M.

Barcelona, febrero 1970


I




Como eran mis companeros muertos en el mar

El 22 de febrero se nos anuncio que regresariamos a Colombia. Teniamos ocho meses de
estar en Mobile, Alabama, Estados Unidos, donde el A.R.C. "Caldas" fue sometido a
reparaciones electronicas y de sus armamentos. Mientras reparaban el buque, los miembros
de la tripulacion recibiamos una instruccion especial. En los dias de franquicia haciamos lo
que hacen todos los marineros en tierra: ibamos al cine con la novia y nos reuniamos
despues en "Joe Palooka", una taberna del puerto, donde tomabamos whisky y armabamos
tina bronca de vez en cuando.
Mi novia se llamaba Mary Address, la conoci dos meses despues de estar en Mobile, por
intermedio de la novia de otro marino.
Aunque tenia una gran facilidad para aprender el castellano, creo que Mary Address no
supo nunca por que mis amigos le decian "Maria Direccion". Cada vez que tenia franquicia
la invitaba al cine, aunque ella preferia que la invitara a comer helados. Nos entendiamos
en mi medio ingles y en su medio espanol, pero nos entendiamos siempre, en el cine o
comiendo helados.
Solo una vez no fui al cine con Mary: la noche que vimos "El Motin del Caine". A un grupo
de mis companeros le habian dicho que era una buena pelicula sobre la vida en un
barreminas. Por eso fuimos a verla. Pero lo mejor de la pelicula no era el barreminas sino la
tempestad. Todos estuvimos de acuerdo en que lo indicado en un caso como el de esa
tempestad era modificar el rumbo del buque, como lo hicieron los amotinados. Pero ni yo
ni ninguno de mis companeros habia estado nunca en una tempestad corno aquella, de
manera que nada en la pelicula nos impresiono tanto como la tempestad. Cuando
regresamos a dormir, el marino Diego Velazquez, que estaba muy impresionado con la
pelicula, pensando que dentro de pocos dias estariamos en el mar, nos dijo: -Que tal si nos
sucediese una cosa como esa.
Confieso que yo tambien estaba impresionado. En ocho meses habia perdido la costumbre
del mar. No sentia miedo, pues el instructor nos habia ensenado a defendernos en un
naufragio. Sin embargo, no era normal la inquietud que sentia aquella noche en que vimos
"El Motin del Caine".
No quiero decir que desde ese instante empece a presentir la catastrofe. Pero la verdad es
que nunca habia sentido tanto temor frente a la proximidad de un viaje. En Bogota, cuando
era nino y veia las ilustraciones de los libros, nunca se me ocurrio que alguien pudiera
encontrar la muerte en el mar. Por el contrario, pensaba en el con mucha confianza. Y
desde cuando ingrese en la marina, hace casi doce anos, no habia sentido nunca ningun
trastorno durante el viaje.
Pero no me averguenzo de confesar que senti algo muy parecido al miedo despues que vi
"El Motin del Caine". Tendido boca arriba en mi litera -la mas alta de todas- pensaba en mi
familia y en la travesia que debiamos efectuar antes de llegar a Cartagena. No podia dormir.

Con la cabeza apoyada en las manos oia el suave batir del agua contra el muelle, y la
respiracion tranquila de los cuarenta marinos que dormian en el mismo salon. Debajo de mi
litera, el marinero primero Luis Rengifo roncaba como un trombon. No se que sonaba, pero
seguramente no habria podido dormir tan tranquilo si hubiera sabido que ocho dias despues
estaria muerto en el fondo del mar.
La inquietud me duro toda la semana. El dia del viaje se aproximaba con alarmante rapidez
y yo trataba de infundirme seguridad en la conversacion con mis companeros. El A.R.C.
"Caldas" estaba listo para partir. Durante esos dias se hablaba con mas insistencia de
nuestras familias, de Colombia y de nuestros proyectos para el regreso. Poco a poco se iba
cargando el buque con regalos que traiamos a nuestras casas: radios, neveras, lavadoras y
estufas, especialmente. Yo traia una radio.
Ante la proximidad de la fecha de partida, sin poder deshacerme de mis preocupaciones,
tome una determinacion: tan pronto como llegara a Cartagena abandonaria la marina. No
volveria a someterme a los riesgos de la navegacion. La noche antes de partir fui a
despedirme de Mary, a. quien pense comunicarle mis temores y mi determinacion. Pero no
lo hice, porque le prometi volver y no me habria creido si le- hubiera dicho que estaba
dispuesto a no navegar jamas. Al unico que comunique mi determinacion fue a mi amigo
intimo, el marinero segundo Ramon Herrera, quien me confeso que tambien habia decidido
abandonar la marina tan pronto como llegara a Cartagena. Compartiendo nuestros temores,
Ramon Herrera y yo nos fuimos con el marinero Diego Velazquez a tomarnos un whisky de
despedida en "Joe Palooka".
Pensabamos tomarnos un whisky, pero nos tomamos cinco botellas. Nuestras amigas de
casi todas las noches 'conocian la noticia de nuestro viaje y decidieron despedirse,
emborracharse y llorar en prueba de gratitud. El director de la orquesta, un hombre serio,
con unos anteojos que no le permitian parecer un musico, toco en nuestro honor un
programa de mambos y tangos, creyendo que era musica colombiana. Nuestras amigas
lloraron y tomaron whisky de a dolar y medio la botella.
Como en esa ultima semanas nos habian pagado tres veces, nosotros resolvimos echar la
casa por la ventana. Yo, porque estaba preocupado y queria emborracharme. Ramon
Herrera porque estaba alegre, -corno siempre, porque era de Arjona y sabia tocar el tambor
y tenia una singular habilidad para imitar a todos los cantantes de moda.
Un poco antes de retirarnos, un marinero norteamericano se acerco a la mesa y le pidio
permiso a Ramon Herrera para bailar con su pareja, una rubia enorme, que era la que menos
bebia y la que mas lloraba -sinceramente!-. El norteamericano pidio permiso en ingles, y
Ramon Herrera le dio una sacudida, diciendo en espanol: "No entiendo un carajo! "
Fue una de1as mejores broncas de Mobile, con sillas rotas en la cabeza, radiopatrullas y
policias. Ramon Herrera, que logro ponerle dos buenos pescozones al norteamericano,
regreso al buque a la una de la madrugada, imitando a Daniel Santos. Dijo que era la ultima
vez que se embarcaba. Y, en realidad, fue la ultima.
A las tres de la madrugada del 24 de febrero zarpo el A.R.C. "Caldas" del puerto de
Mobile, rumbo a Cartagena. Todos sentiamos la felicidad de regresar a casa. Todos
traiamos regalos. El cabo primero Miguel Ortega, artillero, parecia el mas alegre de todos.
Creo que ningun marino ha sido nunca mas juicioso que el cabo Miguel Ortega. Durante
sus ocho meses en Mobile no despilfarro un dolar. Todo el dinero que recibio lo invirtio en
regalos para su esposa, que le esperaba en Cartagena. Esa madrugada, cuando nos
embarcamos, el cabo Miguel Ortega estaba en el puente, precisamente hablando de su
esposa y sus hijos, lo cual no era una casualidad, porque nunca hablaba de otra cosa. Traia

una nevera, una lavadora automatica, y una radio y una estufa. Doce horas despues el cabo
Miguel Ortega estaria tumbado en su litera, muriendose del mareo. Y setenta y dos horas
despues estaria muerto en el fondo del mar.

Los invitados de la muerte

Cuando un buque zarpa se le da la orden: "Servicio personal a sus puestos de buque". Cada
uno permanece en su puesto hasta cuando la nave sale del puerto. Silencioso en mi puesto,
frente a la torre de los torpedos, yo veia perderse en la niebla las luces de Mobile, pero no
pensaba en Mary. Pensaba en el mar. Sabia que al dia siguiente estariamos en el golfo de
Mexico y que por esta epoca del ano es una ruta peligrosa. Hasta el amanecer no vi al
teniente de fragata Jaime Martinez Diago, segundo oficial de operaciones, que fue el unico
oficial muerto en la catastrofe. Era un hombre alto, fornido y silencioso, a quien vi en muy
pocas ocasiones. Sabia que era natural del Tolima y una excelente persona.
En cambio, esa madrugada vi al suboficial primero Julio Amador Caraballo, segundo
contramaestre, alto y bien plantado, que paso junto a mi, contemplo por un instante las
ultimas luces de Mobile y se dirigio a su puesto. Creo que fue la ultima vez que lo vi en el
buque.
Ninguno de los tripulantes del "Caldas" manifestaba su alegria del regreso mas
estrepitosamente que el suboficial Elias Sabogal, jefe de maquinistas. Era un lobo de mar.
Pequeno, de piel curtida, robusto y conversador. Tenia alrededor de 40 anos y creo que la
mayoria de ellos los paso conversando.
El suboficial Sabogal tenia motivos para estar mas contento que nadie. En Cartagena lo
esperaban su esposa y sus seis hijos. Pero solo conocia cinco: el menor habia nacido
mientras nos encontrabamos en Mobile.
Hasta el amanecer el viaje fue perfectamente tranquilo. En una hora me habia
acostumbrado nuevamente a la navegacion. Las luces de Mobile se perdian en la distancia
entre la niebla de un dia tranquilo y por el oriente se veia el sol, que empezaba a levantarse.
Ahora no me sentia inquieto, sino fatigado. No habia dormido en toda la noche. Tenia sed.
Y un mal recuerdo del whisky.
A las seis de la manana salimos del puerto.
Entonces se dio la orden: "Servicio personal, retirarse. Guardias de mar, a sus puestos"
Tan pronto como oi la orden me dirigi al dormitorio. Debajo de mi litera, sentado, estaba
Luis Rengifo, frotandose los ojitos para acabar de despertar.

-Por donde vamos? -me pregunto Luis Rengifo.
Le dije que acababamos de salir del puerto. Luego subi a mi litera y trate de dormir.
Luis Rengifo era un marino completo. Habia nacido en Choco, lejos del mar, pero llevaba
el mar en la sangre. Cuando el "Caldas" entro en reparacion en Mobile, Luis Rengifo no
formaba parte de su tripulacion. Se encontraba en Washington, haciendo un curso de
armeria. Era serio, estudioso y hablaba el ingles tan correctamente como el castellano.
El 15 de marzo se graduo de ingeniero civil en Washington. Alli se caso, con una dama
dominicana, en 1952. Cuando el destructor "Caldas" fue reparado, Luis Rengifo viajo de
Washington y fue incorporado a la tripulacion. Me habia dicho, pocos dias antes de salir de
Mobile, que lo primero que haria al llegar a Colombia seria adelantar las gestiones para
trasladar a su esposa a Cartagena.

Como tenia tanto tiempo de no viajar, yo estaba seguro de que Luis Rengifo sufriria de
mareos. Esa primera madrugada de nuestro viaje, mientras se vestia, me pregunto:

-Todavia no te has mareado?
Le respondi que no. Rengifo dijo, entonces:
-Dentro de dos o tres horas te vere con la lengua afuera.
-Asi te vere yo a ti -le dije. Y el respondio:
-El- dia que yo me maree, ese dia se marea el mar.

Acostado en mi litera, tratando de conciliar el sueno, yo volvi a acordarme de la tempestad.
Renacieron mis temores de la noche anterior. Otra vez preocupado, me volvi hacia donde
Luis Rengifo acababa de vestirse y le dije:
-Ten cuidado. No vaya y sea que la lengua te castigue.

II






Mis ultimos minutos a bordo del "barco lobo"

"Ya estamos en el golfo", me dijo uno de mis companeros cuando me levante a almorzar, el
26 de febrero. El dia anterior habia sentido un poco de temor por el tiempo del golfo de
Mexico. Pero el destructor, a pesar de que se movia un poco, se deslizaba con suavidad.
Pense con alegria que mis temores habian sido infundados y sali a cubierta. La silueta de la
costa se habia borrado. Solo el mar verde y el cielo azul se extendian en torno a nosotros.
Sin embargo, en la media cubierta, el cabo Miguel Ortega estaba sentado, palido y
desencajado. luchando con el mareo. Eso habia empezado desde antes. Desde cuando
todavia no hablan desaparecido las luces de Mobile, y durante las ultimas veinticuatro
horas, el cabo Miguel Ortega no habia podido mantenerse en pie, a pesar de que no era un
novato en el mar.
Miguel Ortega habia estado en Corea, en la fragata "Almirante Padilla". Habia viajado
mucho y estaba familiarizado con el mar. Sin embargo, a pesar de que el golfo estaba
tranquilo, fue preciso ayudarlo a moverse para que pudiera prestar la guardia. Parecia un
agonizante. No toleraba ninguna clase de alimentos y sus companeros de guardia lo
sentabamos en la popa o en la media cubierta, hasta cuando se recibia la orden de
trasladarlo al dormitorio. Entonces se tendia boca abajo en su litera, con la cabeza hacia
afuera, esperando la vomitona.
Creo que fue Ramon Herrera quien me dijo, el 26 en la noche que la cosa se pondria dura
en el Caribe. De acuerdo con nuestros calculos, saldriamos del golfo de Mexico despues de
la media noche. En mi puesto de guardia, frente a la torre de los torpedos, yo pensaba con
optimismo en nuestra llegada a Cartagena. La noche era clara, y el cielo, alto y redondo,
estaba lleno de estrellas. Desde cuando ingrese en la marina. me aficione a identificar las
estrellas. Desde esa noche me di gusto, mientras el A. R. C. "Caldas" avanzaba
serenamente hacia el Caribe.
Creo que un viejo marinero que haya viajado por todo el inundo, puede saber en que mar
se encuentra por la manera de moverse el barco. La experiencia en ese mar donde hice mis
primeras armas, me indico que estabamos en el Caribe. Mire el reloj. Eran las doce y treinta
minutos de la noche. Las doce y treinta y uno de la madrugada del 27 de febrero. Aunque el
buque no se hubiera movido tanto, yo hubiera sabido que estabamos en el Caribe. Pero se
movia. Yo, que nunca he sentido mareos, empece a sentirme intranquilo. Senti un extrafio
presentimiento. Y sin saber por que, me acorde entonces del cabo Miguel Ortega, que
estaba alla abajo, en su litera, echando el estomago por la boca.
A las seis de la manana el destructor se movia como un cascaron. Luis Rengifo estaba
despierto, una litera debajo de la mia.
-Gordo -me dijo-. Todavia no te has mareado?

Le dije que no. Pero le manifeste mis temores. Rengifo, que, como he dicho, era ingeniero,
muy estudioso y buen marino, me hizo entonces una exposicion de los motivos por los
cuales no habia el menor peligro de que al "Caldas" le ocurriera un accidente en el Caribe.
"Es un barco lobo", me dijo. Y me recordo que durante la guerra, en esas mismas aguas, el
destructor colombiano habia hundido un submarino aleman.
"Es un buque seguro", decia Luis Rengifo. Y yo, acostado en mi litera, sin poder dormir a
causa de los movimientos de la nave, me sentia seguro con sus palabras. Pero el viento era
cada vez mas fuerte a babor, y yo me imaginaba como estaria el---Caldas" en medio de
aquel tremendo oleaje. En ese momento me acorde de "El Motin del Caine".
A pesar de que el tiempo no vario durante todo el dia, la navegacion era normal. Cuando
prestaba la guardia me puse a hacer proyectos para cuando llegara a Cartagena. Le
escribiria a Mary. Pensaba escribirle dos veces por semana, pues nunca he sido perezoso
para escribir. Desde cuando ingrese en la marina, le he escrito todas las semanas a mi
familia de Bogota. Les he escrito a mis amigos del barrio Olaya cartas frecuentes y largas.
De manera que le escribiria a Mary, pense, y saque en horas la cuenta del tiempo que nos
faltaba para llegar a Cartagena: nos faltaban exactamente 24 horas. Aquella era mi
penultima guardia.
Ramon Herrera me ayudo a arrastrar al cabo Miguel Ortega hacia su litera. Estaba cada vez
peor. Desde cuando salimos de Mobile, tres dias antes, no habia probado alimentos. Casi no
podia hablar y tenia el rostro verde y descompuesto.

Empieza el baile

El baile empezo a las diez de la noche. Durante todo el dia el "Caldas" se habia movido,
pero no tanto como en esa noche del 27 de febrero en que yo, desvelado en mi litera,
pensaba con pavor en la gente que estaba de guardia en cubierta. Yo sabia que ninguno de
los marineros que estaban alli, en sus literas, habia podido conciliar el sueno. Un poco antes
de las doce le dije a Luis Rengifo, mi vecino de abajo:
-Todavia no te has mareado?

Como lo habia supuesto, Luis Rengifo tampoco podia dormir. Pero a pesar del movimiento
del barco, no habia perdido el buen humor. Dijo:

-Ya te dije que el dia que yo me maree, ese dia se marea el mar.
Era una frase que repetia con frecuencia. Pero esa noche casi no tuvo tiempo de terminarla.
He dicho que sentia inquietud. He dicho que sentia algo muy parecido al miedo. Pero no me
cabe la menor duda de lo que senti a la media noche del 27, cuando a traves de los
altoparlantes se dio una orden general:
"Todo el personal pasarse al lado de babor".. Yo sabia lo que significaba esa orden. El
barco estaba escorando peligrosamente a estribor y se trataba de equilibrarlo con nuestro
peso. Por primera vez, en dos anos de navegacion, tuve un verdadero miedo de mar. El
viento silbaba, alla arriba, donde el personal de cubierta debia estar empapado y tiritando.
Tan pronto como oi la orden salte de la tarima. Con mucha calma, Luis Rengifo se puso en
pie y se fue a una de las tarimas de babor, que estaban desocupadas, porque pertenecian al
personal de guardia. Agarrandome a las otras literas, trate de caminar, pero en ese instante
me acorde de Miguel Ortega.

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