Categoria A: Jovenes de 13 a 17 anos (cuento)
Relatos de una muerte y una nueva, pero no tan buena, vida
Por A. Lese
Cambio de hora -por A. Lese
Miro con ojos incredulos su reloj mientras caminaba erraticamente por la habitacion.
03:24? Saco su celular del bolsillo interno del poleron: en la pantalla se leia "02:24
am" en letras blancas. Pateo con desesperacion una caja de zapatos, ahora
contenedora de pinceles y pequenos frascos de pintura, que apenas se asomaba por
debajo de un mueble repleto de libros.
Intentando sosegarse, se sento en la cama y trato de recordar a que hora habia
sucedido todo. Maldita sea (no ella, la idea de cambiar la hora en invierno), no podia
recordarlo. Diez y media, once y media, doce y media? La unica imagen que se
alojaba en su memoria sobre los acontecimientos del dia era precisamente la que
queria olvidar, ella negaba compulsivamente con la cabeza mientras mantenia sus
ojos muy abiertos y una mueca de lastima se hacia patente en todas sus facciones. El
recuerdo de ella rechazandolo era lo suficientemente doloroso como para quitarle el
sueno, y para colmo su mente lo asediaba con una pregunta constante: A que hora?
Era necesario saberlo, mas que necesario. Tras un ultimo esfuerzo se dio por vencido
y su corazon dejo de latir, mientras una lagrima rodaba por dos mejillas: la suya y la de
ella.
Mientras el hombre del Registro Civil tecleaba y miraba la pantalla del viejo
computador, la expectacion crecia en el y ella. Cuando llego a la casilla de "Fecha de
Defuncion" y digito "29 ABRIL 2012 A LAS 02:30 HORAS." dos personas sonrieron y
se besaron, al mismo tiempo que los detectives de la PDI se daban cuenta de que no
estaba por ninguna parte el cuerpo del joven que se habia suicidado esa madrugada.
Como un elfo -por A. Lese
Naelbrid aguzo la vista, con la esperanza de encontrar al que habia sido su presa por
varios dias. El gracil elfo, que alcanzaba el metro noventa de estatura, lucia magnifico
incluso bajo la tenue luz de la luna. Su atletica y en apariencia fuerte figura
contrastaba con la elegancia de sus rasgos faciales, que tenian como punto culmine
sus orejas, retando siempre al cielo nocturno con su ligera punta. Al igual que la gran
mayoria de los de su raza, el cabello y los ojos de Naelbrid eran del mas puro color
dorado, mientras que sus finas cejas eran blancas como la nieve misma. Lo unico que
lo diferenciaba de los demas era su tunica, de un austero color crema, que
simbolizaba su pertenencia a la Orden de los Mercenarios, dedicada al asesinato por
encargo de criaturas de las sombras (y de algunas no tan oscuras).
La rama en la que se encontraba agazapado el elfo mercenario apenas emitio un leve
crujido cuando este se incorporo, poniendose de pie con una rapidez felina. Tres seres
acababan de entrar al valle, que era dominado desde las alturas por el gigantesco
arbol en el que se encontraba Naelbrid y cuyas enormes ramas hacian lucir pequenos
a los demas arboles que conformaban el bosquecillo. Dos humanos, de piel tostada y
ojos fieros, portaban enormes espadas de acero templado y escudos hechos de roble
de la pradera y flanqueaban el paso de una tercera figura, que apenas llegaba al metro
y medio de estatura y que destacaba por su piel cerulea y por su aspecto enclenque.
Su paso era en extremo ligero, pero avanzaba con rapidez. Los humanos parecian
estar a cargo de la proteccion de la debil criatura, y no dejaban de lanzarle miradas
furtivas, denotando nerviosismo.
Naelbrid sonrio ante lo pobre de la guardia de honor y murmuro unas palabras
inteligibles, luego de las cuales los fieros guardianes cayeron a la humeda hierba
azotados por una enfermedad repentina que en pocos minutos los sumio en un sueno
que se prolongaria por semanas. Mientras tanto, el individuo mas pequeno continuo su
agil marcha, imperterrito ante la perdida de sus acompanantes.
El elfo mercenario palpo con cautela su carcaj, y retiro una de las pocas flechas que
aun no habia utilizado. Con su mano izquierda sostuvo el arco, que tenia grabados los
motivos del Fulgor Eterno, y apunto con habilidad al trol de los cien vientos, que se
hacia llamar Qaaop cuando se encontraba en el mundo de los mortales.
Naelbrid tenso el arco, y se preparo para disparar, sintiendo que el agotador encargo
llegaba a su fin. El sonido de una guitarra electrica distorsionada, que interpretaba de
manera esplendida una intro que se alzaba in crescendo, quebro la quietud del
bosque. Naelbrid se sobresalto, y la flecha silbo al pasar por sobre la cabeza del trol.
El elfo extrajo el celular touch de su ligera cota de malla, y no contesto a una tal
"Cata". Para que lo llamaria su polola a esas horas de la noche? Ella sabia que el
debia trabajar esa semana y que no podia tratar de contactarlo bajo ningun concepto.
El mercenario suspiro, y tecleo un rapido "TKM" en el teclado qwerty. Mientras el trol,
con una cruel sonrisa grabada en sus labios, invocaba a los cien vientos del noreste,
Naelbrid dirigio el mensaje de texto a su polola, y tras una pulsacion en la pantalla
para indicar la accion "Enviar", extrajo un fino estoque de su empunadura y se lanzo a
la suave hierba del valle dispuesto a morir como un elfo.
Esta si que es marcha -por A. Lese
El sandwich, compuesto de jamon y quesillo, estaba listo sobre la mesa de la cocina.
Carla, que volvia del bano, lo corto en dos con un cuchillo y envolvio cada mitad con
una servilleta, tras lo cual abrio su mochila para guardar ambas partes alli. Hecho esto,
se miro fugazmente en el espejo de la cocina, arreglo ligeramente su peinado y salio
de la casa.
Mientras caminaba hacia la estacion de Metro cedio a la tentacion de comer una de las
mitades del sandwich. Las marchas por la educacion siempre le producian excitacion,
no todos los dias se podia sentir la emocion que conllevaba tratar de mejorar al pais.
Claro esta, ella solo representaba una entre los miles y miles de estudiantes que se
manifestaban a lo largo y ancho de Chile, y era mas facil comerse un sandwich, tal vez
de jamon y quesillo, recostada en la cama viendo una pelicula, pero Carla preferia
hacerlo mientras caminaba hacia la lucha por una mejor educacion.
Cuando bajaba las escalinatas del Metro la golpeo una dura imagen: una anciana con
un pequeno en los brazos, pidiendo limosna. El corazon de Carla se encogio, pero se
dio cuenta de que no llevaba ni un solo peso con ella. Entonces su mochila empezo a
pesar Quince, veinte kilos? La joven no podia saberlo con certeza, pero la mitad de
sandwich ahora pesaba como plomo. Se detuvo y abrio el cierre de la mochila para
sacar el pan y darselo a la anciana, cuando de pronto recordo que necesitaria fuerzas
para la marcha. Cerro rapidamente la mochila y, colgandosela otra vez al hombro, bajo
al Metro.
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